Categoría: coaching

De decisiones, egos y autoestima

Se dice que el terror surge cuando el miedo ha superado los controles del cerebro y ya no puede pensarse racionalmente…
El miedo nace de la sensación de falta de control y evita que podamos pensar de forma racional…

Hace unas semanas, participé en una situación nada grata para mí. Una persona a la que aprecio, se manifestaba contraria respecto a una decisión personal que yo había tomado. No solo juzgó mi decisión sino que me juzgó a mí con implacable seguridad. Ante mi propio desconcierto, salté sobre él como fiera que llevara años enjaulada. Tras pedirle disculpas, reflexioné sobre la causa que me había llevado a tal descontrol: ¿por qué me afectaba tanto aquello? ¿qué más me da a mí si hay alguien de acuerdo o no con lo que pienso? ¿por qué me nacen estos sentimientos tan negativos? ¿a qué tengo miedo? ¿no es así como nace el odio?

Aunque he oído algunas veces que el ego es el exceso de autoestima; no puedo estar de acuerdo. La deseada, necesitada y añorada autoestima es la consecuencia de la opinión que cada uno se fragua de sí mismo. Si me tengo en consideración, no en referencia a comparaciones sociales sino a mi propio crecimiento personal, y soy solidaria con mis errores y complaciente con mis logros, alcanzaré el nirvana, seré libre. Una sana autoestima es síntoma de una sana salud mental y, seguramente, por eso, siempre ha sido tan codiciada. Pero lo cierto es que no se enseña autoestima en las escuelas y en algunas familias, tampoco. No se apela al amor y al respeto por uno mismo sino a otras cuestiones más prácticas que facilitan que podamos jugar en esta ruleta rusa tan vitalicia y tan poco vitalista, cuestiones que responden a nuestra necesidad de seres sociales. Ahí es cuando entra en juego un elemento inversamente proporcional, el ego, entendido como la consecuencia del valor que otorgo a las opiniones de los demás sobre mi persona. Así, habitualmente, tras un gran ego se esconde una baja autoestima.

Las pautas para descubrir uno u otro están en la forma de comunicarnos. A las personas con una alta autoestima  se les da bien escuchar, aprehender, comprehender. Viven en libertad, sin importarles las modas o las influencias o elquedirán, y son celosos de su intimidad y de su tiempo de vida, que suelen invertir en aquello/aquellos que aman. Por el contrario, las personas con exceso de ego, hablan mucho de sí mismas, gastan tiempo en busca del selfie perfecto, piensan en los demás como si solo fueran meros espectadores a los que satisfacer y viven pendientes de los likes. Ya sabes: “qué pensará mi jefa/mi padre/mi hermana/mi pareja/mis amigos e incluso mis conocidos si hago/digo/pienso esto o aquello” y, cuando se lanzan, viven atemorizados por no gustar. Se juntan con personas que piensan como ellos, que no les llevan la contraria, y creen vivir en paz, hasta que un día se desbordan. Las redes sociales nacieron de esta observación, era un triunfo asegurado. Pero es que, además, en estos últimos años, han conseguido que, en vez de colaborar, compitamos, en vez de relacionarnos, generemos identidades irreales más adecuadas a lo que creemos que nos exige esta denostada sociedad que a lo que realmente deseamos, tanto que, empiezan a aparecer estudios que demuestran que las redes nos hacen menos inteligentes, aunque no hay mucho que estudiar: ¿te has sorprendido alguna vez, a altas horas de la noche navegando y cotilleando en vidas ajenas? ¿qué sentido tiene? En cierto modo, es como ojear una revista del corazón, con personajes más reales, más conocidos, aunque con una cuota de veracidad y de valor tanto o más irrelevantes para tu vida.

Cuanto más cotillas somos menos vida tenemos
Cuanto más cotillas somos menos vida tenemos

Entonces, ¿qué pasaría si no estuviéramos en las redes? Seguro que conoces a personas que nunca han estado en Facebook ni en Instagram, ni les interesa, a pesar de haber sido presionados una y mil veces por familiares, compañeros y amigos, como lo han sido con una boda, la paternidad, las oposiciones y mil otras sandeces que algunos consideran la panacea del homo socialis. Quizás algunas, simplemente, sean poco sociables, y otros, algunos de los que conozco, son personas sanas, estables, que prefieren tomarse un vino contigo, o un té, o pasear durante horas antes de mostrar al mundo entero -con lo que ello implica- dónde ha estado de vacaciones o lo bien que le sienta su camiseta nueva; personas con bajo ego, y con una autoestima envidiable, personas que no viven esperando a que vibre su móvil para tener una vida más completa.

Tengo esta reflexión con mis clientes y me temo que ha llegado el momento de asumir cierta responsabilidad. Sobre todo ahora, más que nunca, cuando he empezado a sentir que estoy vulnerando la privacidad de mi familia y mis amigos. Así es que me lanzo a este experimento y desaparezco de las redes sociales (personales). No puedo eliminar las miles de horas empleadas en ellas pero sí puedo decidir darles otra utilidad, a partir de ahora, comunicarme de forma más directa, leer más, escuchar más música, ver más cine, mirar más a los ojos a la gente que amo. Esta es mi decisión, soy consciente de que a algunos gustará y a otros no, pero no busco la aprobación de nadie, solo la mía.

TwitterFacebookGoogle+LinkedInPinterestTumblrStumbleUponEmailPrintCompartir

El Teorema de los Pares

dinamicas
Jóvenes jugando al aire libre

Recuerdo aquella mañana de primavera de 1995. Estábamos en clase de Pedagogía, cuando, nuestra profesora, la entrañable Puri Gato, nos exhortó a salir fuera, a conocernos, a relacionarnos, a entender que, el requisito imprescindible para ser un buen educador es el interés en el otro (jamás imaginó las consecuencias que esto tendría en nosotros y cómo nos marcaría la vida, para siempre). Salimos al césped y comenzamos a interactuar. Los que teníamos experiencia en campamentos, tomamos las riendas y comenzamos a hacer dinámicas para integrarnos y divertirnos. Creo que toda la clase participó aunque, poco a poco, fueron retirándose, unos porque era la hora de comer, otros por timidez, otros porque aquello, definitivamente, no era lo suyo. Quedamos diez. Los diez magníficos se convirtieron en una pandilla, admirada y envidiada por todos: divertidos, ingeniosos, predispuestos, creativos, inseparables. Poco a poco, no de una manera consciente, cada uno encontró su par. Cuatro pares bien avenidos, excepto uno. Aunque todos éramos muy diferentes, había algo poderoso que nos unía, ciertos  principios, intereses y objetivos tácitos muy claros; no fue así con uno de los componentes. Hacía infeliz a su par y, por tanto, al resto. Finalmente, salió del grupo, y eso, que al principio resultó un alivio,  fue el principio del fin. La reorganización no funcionó ¿cómo podía hacerlo si siempre había uno de pico?

Familia
Familia convencional

Este aprendizaje se quedó en mi retina y no he dejado de observar el mismo patrón en cuantos grupos me he encontrado: aulas, empresas, asociaciones, familias… Precisamente, la mía es impar. Me fijo en la reacción de uno u otro cuando mi atención se centra en el contrario: comienzan las tensiones. Es difícil mantener un grupo impar, siempre habrá alguien que, en un momento determinado, estará solo y sentirá, de forma más acusada, la soledad. Entonces te das cuenta de cómo nuestra sociedad se ha organizado en parejas, de cómo tener dos hijos es una opción muy común, de cómo los pisos tienen puertas pares en sus plantas o los autobuses sus asientos emparejados, de cómo la dicotomía está omnipresente en nuestras vidas, tanto que, a algunos, se les olvida que no es la única opción aunque, sí, seguramente, la más sencilla. Por cierto, he visto familias impares tratando de compensar la paridad con una mascota. Olvídalo, los animales no humanos, no funcionan como nosotros, no valoran la exclusividad, no son tan complejos.

La mayoría de los procesos humanos son bidireccionales y no es baladí que las organizaciones más poderosas promocionen y nos motiven para participar de un sistema por parejas, económicamente, socialmente, políticamente, acaso, ¿hay alguna forma mejor? es comprensible. Si el proceso más intenso y más relevante para las personas es la comunicación y esta necesita de un emisor y un receptor, estamos ante el binomio más determinante en nuestra forma de relacionarnos. Piénsalo, ¿puedes escuchar a dos personas a la vez? No es de extrañar que, ante esta constante, casi de obligado cumplimiento, muchos sueñen con el deseado trío. ¿Lo has pensado? ¿Dos personas pendientes de ti? ¿A la vez? ¿Lo has pensado al contrario?

¿Te suena el refrán Dos son compañía, tres son multitud? Según el Instituto Cervantes, se utiliza cuando es preferible limitar el número de personas para conseguir que reine la concordia. Se aplica a los negocios, porque resulta más fácil que haya pocos socios a muchos, por la discordancia en los distintos pareceres. Así es que es una cuestión de concordia, de unidad, de solidez de un organismo desbordado por un número ingente de elementos.

alumnos en clase
Alumnos de ESO en clase

Empezamos a observarlo en la escuela. Previamente a la LOGSE, nos sentábamos por parejas y algunas clases se organizaban, dependiendo de la destreza y el interés de la maestra/o para conocer a su alumnado, de modo que tu compañera te complementara, si no era así, te esperaba un curso terrible. Cuando empezamos a introducir el juego en el aula, pocos eran los que admitían jugadores impares. Principalmente porque , aunque tenemos dos ojos, solo tenemos una mirada y, aunque tratemos de engañar a nuestro cerebro creyendo que puedes estar escuchando la conversación de un amigo mientras vigilas que tu hijo no se caiga, en realidad, lo que estamos haciendo es una intermitencia que nos agota sobremanera y no nos deja concentrarnos en nada. Todo lo contrario a lo que promueve el mindfullness que nos dice que nuestra concentración tiene que estar dedicada a una sola cosa y, contigo, hacer el par. Supongo que es una cuestión de equilibrio.

Meritxell Calvo en el taller de Agilismo
Meritxell Calvo en el taller de Agilismo

Esta semana, tras haber asistido a un taller de Agilismo, gracias a nuestro partner tecnológico, Edosoft Factory, y la estupenda intervención de Meritxell Calvo de Flywire, he descubierto, con regocijo, el pairing, como técnica de trabajo para garantizar la calidad y la profundidad de los resultados. El pairing cuestiona la jerarquía clásica y propone una disposición sobre un eje horizontal en lugar de vertical, donde cada cual cumple su cometido, sin estar por encima ni por debajo de los demás. En lugar de trabajar por horas, se trabaja por objetivos y el tiempo pasa a ser un recurso más y no una meta. El secreto de esta metodología es su técnica de trabajar emparejados, el rotundo éxito se encuentra en que la pareja debe cambiar varias veces al día, consiguiendo que puedas emparejarte con todo el equipo en una semana y después, volver a empezar. No llegas a cansarte, te mantiene siempre alerta y siempre escuchando voces distintas que te proporcionan miradas distintas y distintos y mejores resultados.

Mi escena favorita de la película de Bertolucci: The Dreamers (2003)
Mi escena favorita de la película de Bertolucci: The Dreamers (2003)

¿Y los tríos? ¿no son posibles? Obviamente sí, pero no son sencillos de gestionar. Es difícil asegurar que uno reciba la atención deseada de aquel a quien más desea pero si, a pesar de eso, te has dado cuenta de que quieres/amas/deseas a dos (o más personas) y quieres mantenerlas en tu vida, tendrás que buscar fórmulas no tradicionales. Exactamente igual que aquel día que decidiste juntar a tus dos mejores amigos y resultó desastroso; entonces aprendes, no los juntes, disfruta de la oportunidad de tener varios pares y aplica el principio: mucho, en poco tiempo, con toda tu atención.

El imperio de la felicidad

La infelicidad tiene un color...
la felicidad enlatada…

Empecé a escribir este post cuando, en Audazia, People focused,  nos planteamos cuál queríamos que fuera nuestro mantra. No tardamos mucho en decidir que debía incluir la palabra felicidad. Habíamos caído en la trampa. Seducidos por la ínclita felicidad, encorsetada, diseñada y prostituida una y mil veces para imponerse, de manera totalitaria, en nuestra vida personal y profesional, nos habíamos sumado a una corriente invisible  y sectaria que nos obligaba a consumir felicidad sin previa degustación. ¿Qué felicidad es esa que presume de estar patrocinada por una bebida gaseosa y azucarada responsable de diabetes, enfermedades cardiovasculares y obesidad en personas de los cinco continentes? ¿cuándo empezó a traficarse con felicidad en redes sociales en las que, a cada segundo, medio mundo trata de demostrar a la otra mitad lo feliz que es? ¿de dónde proviene la politización de la felicidad? ¿cómo ha llegado a ser el mejor negocio del planeta? 

De repente, ya no estábamos tan seguros. Si manteníamos nuestra decisión, deberíamos diferenciar esa felicidad, elemento de consumo, de la otra, una felizidad con z, de Audazia, aquella que solo es posible si tu trabajo se relaciona con tu vocación, tus expectativas y tus competencias, ¿es esto real? ¿podríamos soportar la falta de ortografía?

A ver si te vas a distraer...
A ver si te vas a distraer…

En estos años, las empresas y los consultores dedicados a promover la felicidad en tu trabajo, en tu vida, en tu desayuno, en tu perro… se han multiplicado, sin compasión. Hace unos meses,  charlando con algunas madres, preocupadas por hacerlo bien, mejor que nuestros padres… ¿crees que podemos hacerlo mejor? ¿solo por el hecho de tener más información? ¿acaso eso no lo complica todo? La obsesión de mi madre, y de todas las madres de mis amigas, de mi generación, era que fuéramos a la universidad; ahora eso ya no parece tan importante (para lo que sirve…), ahora lo importante es que seas feliz: ¡sé feliz o te castigo toda la tarde sin el iPad! Joder, que no haces caso… 

Ai no korîda (N. Oshima, 1976)

¿No os recuerda a aquella película que tanto nos impresionó en los años setenta? En El Imperio de los Sentidos, la pasión se adueñaba de una pareja de amantes que había hecho del sexo su imperio, sin importarles nada más, hasta el punto de confundir placer con dolor… ¿no os recuerda a esta situación? Un tipo de relación con la satisfacción, como este, hace que los vínculos humanos se vuelvan casi insoportables. Cuando el otro comienza a ser un impedimento para mi felicidad… ¿qué hacemos con él? Despedirle, alejarle, darle de lado, anularle… Cada vez más deshumanizados, hasta tal punto de abandonar todo erotismo y sumergirnos en una pornografía artificial de efecto inmediato. Las secuelas son implacables: falta de tolerancia absoluta al aburrimiento, la frustración, el fracaso, el error, la procrastinación, la melancolía, el ostracismo… El apartheid de los sosos, amargados, tímidos, tristes… como si no les necesitáramos. ¿De verdad que tienes que tener una actitud positiva a pesar del cáncer, del despido, del abandono de tu mujer, del accidente, de tu angustia…?

Como podeis imaginar, al final desterramos la palabra felicidad. No nos interesa. Para empezar porque no nos gusta que nos impongan nada, creemos en la oportunidad de dejar que cada uno sea lo que quiera ser, sin obligarle a que sea como los demás o a que se comporte como nos gustaría que lo hiciera. Como dice el periodista, Quique Peinado, una cosa es tratar de buscar la alegría, que es temporal, y otra imponer la felicidad de forma permanente, como una gran mentira que nos obligue a ocultar nuestra frustración por no serlo.

Nos interesa trabajar con empresas que mejoran la sociedad, a nivel económico, ecológico y humano. Nos interesa trabajar con personas que se esfuerzan por hacer un buen trabajo y que quieren disfrutar de él. Ese es nuestro foco. Ya solo quedaba el mantra… pero ese… os lo cuento en otro post 😉