Categoría: Creencias limitantes

El Teorema de los Pares

dinamicas
Jóvenes jugando al aire libre

Recuerdo aquella mañana de primavera de 1995. Estábamos en clase de Pedagogía, cuando, nuestra profesora, la entrañable Puri Gato, nos exhortó a salir fuera, a conocernos, a relacionarnos, a entender que, el requisito imprescindible para ser un buen educador es el interés en el otro (jamás imaginó las consecuencias que esto tendría en nosotros y cómo nos marcaría la vida, para siempre). Salimos al césped y comenzamos a interactuar. Los que teníamos experiencia en campamentos, tomamos las riendas y comenzamos a hacer dinámicas para integrarnos y divertirnos. Creo que toda la clase participó aunque, poco a poco, fueron retirándose, unos porque era la hora de comer, otros por timidez, otros porque aquello, definitivamente, no era lo suyo. Quedamos diez. Los diez magníficos se convirtieron en una pandilla, admirada y envidiada por todos: divertidos, ingeniosos, predispuestos, creativos, inseparables. Poco a poco, no de una manera consciente, cada uno encontró su par. Cuatro pares bien avenidos, excepto uno. Aunque todos éramos muy diferentes, había algo poderoso que nos unía, ciertos  principios, intereses y objetivos tácitos muy claros; no fue así con uno de los componentes. Hacía infeliz a su par y, por tanto, al resto. Finalmente, salió del grupo, y eso, que al principio resultó un alivio,  fue el principio del fin. La reorganización no funcionó ¿cómo podía hacerlo si siempre había uno de pico?

Familia
Familia convencional

Este aprendizaje se quedó en mi retina y no he dejado de observar el mismo patrón en cuantos grupos me he encontrado: aulas, empresas, asociaciones, familias… Precisamente, la mía es impar. Me fijo en la reacción de uno u otro cuando mi atención se centra en el contrario: comienzan las tensiones. Es difícil mantener un grupo impar, siempre habrá alguien que, en un momento determinado, estará solo y sentirá, de forma más acusada, la soledad. Entonces te das cuenta de cómo nuestra sociedad se ha organizado en parejas, de cómo tener dos hijos es una opción muy común, de cómo los pisos tienen puertas pares en sus plantas o los autobuses sus asientos emparejados, de cómo la dicotomía está omnipresente en nuestras vidas, tanto que, a algunos, se les olvida que no es la única opción aunque, sí, seguramente, la más sencilla. Por cierto, he visto familias impares tratando de compensar la paridad con una mascota. Olvídalo, los animales no humanos, no funcionan como nosotros, no valoran la exclusividad, no son tan complejos.

La mayoría de los procesos humanos son bidireccionales y no es baladí que las organizaciones más poderosas promocionen y nos motiven para participar de un sistema por parejas, económicamente, socialmente, políticamente, acaso, ¿hay alguna forma mejor? es comprensible. Si el proceso más intenso y más relevante para las personas es la comunicación y esta necesita de un emisor y un receptor, estamos ante el binomio más determinante en nuestra forma de relacionarnos. Piénsalo, ¿puedes escuchar a dos personas a la vez? No es de extrañar que, ante esta constante, casi de obligado cumplimiento, muchos sueñen con el deseado trío. ¿Lo has pensado? ¿Dos personas pendientes de ti? ¿A la vez? ¿Lo has pensado al contrario?

¿Te suena el refrán Dos son compañía, tres son multitud? Según el Instituto Cervantes, se utiliza cuando es preferible limitar el número de personas para conseguir que reine la concordia. Se aplica a los negocios, porque resulta más fácil que haya pocos socios a muchos, por la discordancia en los distintos pareceres. Así es que es una cuestión de concordia, de unidad, de solidez de un organismo desbordado por un número ingente de elementos.

alumnos en clase
Alumnos de ESO en clase

Empezamos a observarlo en la escuela. Previamente a la LOGSE, nos sentábamos por parejas y algunas clases se organizaban, dependiendo de la destreza y el interés de la maestra/o para conocer a su alumnado, de modo que tu compañera te complementara, si no era así, te esperaba un curso terrible. Cuando empezamos a introducir el juego en el aula, pocos eran los que admitían jugadores impares. Principalmente porque , aunque tenemos dos ojos, solo tenemos una mirada y, aunque tratemos de engañar a nuestro cerebro creyendo que puedes estar escuchando la conversación de un amigo mientras vigilas que tu hijo no se caiga, en realidad, lo que estamos haciendo es una intermitencia que nos agota sobremanera y no nos deja concentrarnos en nada. Todo lo contrario a lo que promueve el mindfullness que nos dice que nuestra concentración tiene que estar dedicada a una sola cosa y, contigo, hacer el par. Supongo que es una cuestión de equilibrio.

Meritxell Calvo en el taller de Agilismo
Meritxell Calvo en el taller de Agilismo

Esta semana, tras haber asistido a un taller de Agilismo, gracias a nuestro partner tecnológico, Edosoft Factory, y la estupenda intervención de Meritxell Calvo de Flywire, he descubierto, con regocijo, el pairing, como técnica de trabajo para garantizar la calidad y la profundidad de los resultados. El pairing cuestiona la jerarquía clásica y propone una disposición sobre un eje horizontal en lugar de vertical, donde cada cual cumple su cometido, sin estar por encima ni por debajo de los demás. En lugar de trabajar por horas, se trabaja por objetivos y el tiempo pasa a ser un recurso más y no una meta. El secreto de esta metodología es su técnica de trabajar emparejados, el rotundo éxito se encuentra en que la pareja debe cambiar varias veces al día, consiguiendo que puedas emparejarte con todo el equipo en una semana y después, volver a empezar. No llegas a cansarte, te mantiene siempre alerta y siempre escuchando voces distintas que te proporcionan miradas distintas y distintos y mejores resultados.

Mi escena favorita de la película de Bertolucci: The Dreamers (2003)
Mi escena favorita de la película de Bertolucci: The Dreamers (2003)

¿Y los tríos? ¿no son posibles? Obviamente sí, pero no son sencillos de gestionar. Es difícil asegurar que uno reciba la atención deseada de aquel a quien más desea pero si, a pesar de eso, te has dado cuenta de que quieres/amas/deseas a dos (o más personas) y quieres mantenerlas en tu vida, tendrás que buscar fórmulas no tradicionales. Exactamente igual que aquel día que decidiste juntar a tus dos mejores amigos y resultó desastroso; entonces aprendes, no los juntes, disfruta de la oportunidad de tener varios pares y aplica el principio: mucho, en poco tiempo, con toda tu atención.

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Expiación

Aberystwyth, desde Constitution Hill
Aberystwyth, desde Constitution Hill

Llevo dándole vueltas varias semanas a si compartir, o no, una experiencia muy personal. La decisión de hacerlo, probablemente, tenga que ver más con mi necesidad de expiación, que con lo que pueda servir a alguien. Disculpadme el egoísmo.

Yo no había vuelto a Aberystwyth desde que lo abandoné, hará quince años en junio. No regresé por decisión propia. Siempre he sentido cierta tristeza por las personas que se aferran al pasado. Además, allí había dejado una parte de mí que no deseaba que se enturbiara, una mujer de 28 años que llegó huyendo de sí misma y que se encontró, en un país totalmente ajeno, con una lengua extraña.

En Aber descubrí mi identidad. No creo que sea extraordinario el hecho de que tu identidad se refuerce en ámbitos que no son el tuyo, al final, si quieres existir, tu presencia es más notable en tanto que eres diferente al resto. En realidad, la historia es mucho más común de lo que la siento: fui a la Universidad de Gales a cursar las cuatro asignaturas que me quedaban para terminar mi licenciatura y para costearlo, además de la ayuda de mi madre, trabajé limpiando en un supermercado, todos los días, de 6 a 8 de la mañana. Este es el hecho. Las emociones que lo aderezan tienen que ver con la persona que me animó a marcharme y que cambiaría mi vida para siempre.

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Miss me (Aberystwyth harbour)

Como decía, no me gusta mucho hablar del pasado, aunque no reniego de él. Creo que todas las decisiones que tomamos nos traen al lugar en el que estamos ahora. Nunca pienso en el “y si…”. Algunos dicen que porque soy poco romántica, aunque yo creo que es porque, desde siempre, me he sentido mucho más atraída por lo que me queda por vivir que por lo ya vivido. Lo cierto es que, el mes pasado, cuando llegué a Aber y dejé a mi familia en el hotel y caminé con los pies que prensaron aquel paseo marítimo en dirección al puerto, cientos de veces, lloré. No fue un llanto cualquiera. Lloré mucho, muy fuerte: lloré por todo lo que dejé allí, por los sueños que fragüé, lloré por haber perdido la juventud, por aquel esplendor que Wordsworth describió de forma tan magnífica y que se convirtió en el leitmotiv de una película que adoro:

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Esplendor en la hierba (E. Kazan, 1961)

Aunque el resplandor que,
en otro tiempo, fue tan brillante,
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Lloré por no haber sabido apreciar aquel instante, por no haber sabido valorar, como merecía, a aquella persona que me dio tanto. Lloré por todo lo que dejé allí, por mi falta de coraje, por mi vulgaridad, por mi incredulidad. Lloré porque nunca, de ninguna manera, podré volver a vivir aquella maravillosa y definitiva experiencia… Después, regresé al hotel y recobré el sentido de todo lo que soy hoy; y me tranquilicé.

Al día siguiente, llegó mi amiga, Severine, con quien había convivido en aquella estancia. Juntas revisamos los lugares, las gentes, cada esquina, cada anécdota, las sonrisas cómplices, los divertidos malentendidos debido al idioma, cómo nos sentíamos, lo poco que sabíamos, lo pequeño que ahora nos parecía todo… Entonces le hablé de él. Se lo conté todo, incluso el final, y cómo algo se rompió a nuestro regreso a España. Perder el mágico marco de una relación como aquella, tener que volver a vivir en mi antiguo piso, quedar con mis amigos que ahora parecían unos auténticos desconocidos, hablar de las mismas cosas, volver a ser víctima de una minúscula sociedad que me presionaba cada día… no sé… no supe adaptarme. Yo ya era otra. La aprendiz que pedía más al maestro. La persona que quería más de lo que tuvo en Aber.

No supe hacerlo. Volví a huir, decidí cortar, por lo sano, reconstruirme con todo aquel aprendizaje, hacer todo aquello que me enseñó, amar más la vida, viajar, disfrutar de la comida con placer, leer a los repudiados, ver más cine no comercial, amar las obras de arte, sentir la música, convertir mi mirada en un objetivo, beber para deleitarme pero también para abstraerme, arrimarme a gente que piensa de manera diferente, que siente de manera diferente… amar… amar… a mar… Todo lo que me enseñó, se convirtió en mi religión.

A veces, pienso en aquel de quién tanto aprendí, aquel que, con el amor más íntimo y auténtico que pueda haber conocido, me dio la libertad. Por eso, quizás, desde aquella difícil ruptura, suelo escribirle, de vez en cuando, pidiéndole perdón, tratando de justificar lo injustificable. Nunca he recibido respuesta. Pero, hasta ahora, siempre creí que era mi deber seguir insistiendo, que debía ser mi penitencia. Después de aquel paseo con mi amiga Sev, me espetó: déjale en paz; con cada palabra tuya le obligas a regresar a este pueblo, a ese tiempo. Déjale en paz. No insistas. Si alguna vez quiere hablar contigo, te buscará. Haz un acto de amor, no vuelvas a escribirle. Si te conoce, lo entiende. Sigue adelante.

Y aquí sigo. He regresado. Continúo mirando adelante, dejando atrás la belleza de un futuro repleto de sueños, de todo lo que no podrá ser jamás, tratando de aceptar que sea así, sin resignación, con valentía, zafándome de lo que debo ser y orgullosa de lo que consigo ser cada día y, con miedo, con mucho miedo, a tener solo una vida y tantas ganas de vivirla…

Loyalty Experience, o cómo la lealtad sobrevivió a la fidelidad

propiedad de http://trome.peEn el post De contratos indefinidos y otras estupideces,  comenzaba a hacer referencia a la fidelidad versus lealtad desde un punto de vista cultural, y ligado, de alguna manera, a las nociones de compromiso y responsabilidad que tanto tienen que decir sobre esta cuestión. Retomo ahora este tema, aprovechando la moda del Loyalty experience, cuyos programas comienzan a demandar nuestros clientes. A pesar de que, lingüísticamente, a penas encontramos diferencia entre fidelidad y lealtad, lo cierto es que, desde un punto de vista semiótico(*), la fidelidad tiene un poder otorgado muy superior. En términos sexuales, podríamos decir que el primero es algo más pornográfico frente al erotismo del segundo. Seguramente, porque la fidelidad implica acato y, sin embargo, la lealtad va más allá de la obediencia contraída. La fidelidad es una deuda, la lealtad, un regalo.

maloconocidoLa cuestión es que la fidelidad sostiene un concepto manoseado, tradicionalista e impositivo, entendido como la capacidad de cumplir una promesa, de modo que, si has prometido ser fiel, es casi una redundancia. Por ejemplo, si me dices que mi tableta tiene dos años de garantía, pero al año se me estropea y tú me dices que no son daños ni defectos de producto sino del uso que le he dado, consideraré que me estás traicionando y, por lo tanto, que me eres infiel. Puede pasar lo mismo con un programa político que te han prometido que cumplirían, y no lo han hecho, o incluso que, después de haber celebrado nuestras bodas de plata, con todos los honores, te encuentre en mi cama con una señorita aprovechando que estoy de viaje de negocios. Todas son infidelidades. Todas, en nuestro país, se perdonan. Es una cuestión de cultura; más bien de incultura y de un tatuaje que nos hacen a los españoles al nacer que reza: “más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer”.

fans

Sin embargo, el concepto de lealtad, sin necesidad ninguna de imposición, no es un tema a tratar en familia o en las organizaciones porque, ¿cómo se trata lo que no se puede imponer? En realidad, la lealtad tiene pocos caminos de transmisión y pocos cuentos que contar. Yo confío en ti porque tú confías en mí, yo te soy leal por eso y, seguramente, por eso, tú me serás leal a mí. En el ámbito personal podríamos decir que, cuando te acostaste con esa señorita, si le dijiste que la mujer más maravillosa del mundo es aquella con quien estás casado, puede que sea infidelidad pero, desde luego, es lealtad, y, no lo vas a creer pero, si a pesar de ello, esa señorita quiere seguir viéndote es porque te es leal. En el ámbito empresarial, como en el personal, la lealtad requiere de fans, no de clientes. Los fans te aceptan como eres porque te admiran, te desean, quieren repetir, como sea. No es el caso de un cliente. El cliente reclama su satisfacción una y otra vez, se enfada muchísimo cuando no la obtiene y a penas se alegra cuando sí. El cliente puede ser un tirano al que nos subordinamos porque, finalmente, es quien paga la cuenta.

La lealtad no se puede negociar, no se puede comprar. La lealtad es el valor en un mundo necesitado de valores. La lealtad es eso que las grandes corporaciones, las grandes bandas de rock, el fútbol y algunas personas han conseguido.

PD: la Semiótica trata la Comunicación siempre en referencia a las sociedades humanas.