Categoría: Educacion

No me gustan las gorditas

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First dates. Paco y Mistral.

La semana pasada, esperando a que comenzara una película en Cuatro, se me coló un programa de esos insustanciales de pocos minutos, titulado First Dates, que ya te puedes imaginar tú de qué va el asunto por muy low level que tengas. Bueno, pues hoy no voy a hacer una crítica comunicativa ni del programa de factura importada, que nosotros de creativos andamos escasos (sí, Sheldon, esto es ironía) ni de su contenido, ni de su presentador, ni de sus participantes -esto último es mentira-, porque mira, me lo merezco, que en esos minutos podría haber hecho algo mucho más interesante con mi vida, PERO, la cuestión es que me quedé allí plantada, sin poder apartar la vista de la caja tonta. Aparece un chico en pantalla de 32 años, con menos luces que una carreta de mano, sin ninguna característica física sobresaliente, más allá de parecer simplón, diciendo que está en paro y tal y que a él no le gustan rellenitas, que él es de los que se cuidan; que será por fuera, solo, ¿no?. He tú ahí que aparece la chica, de 20 años, muy guapa, bilingüe, agradable, diciendo que le gustan mayores que ella, con una sonrisa que le ocupa toda la cara. Comienza la conversación de un nivel… que ya te puedes imaginar, hasta que el chico se lo suelta: “a mí no me gustan gorditas”. Ella, como puede, se justifica, que si yo no soy lo que ves, que si he tenido problemas y bla, bla, bla. Una pena morena, vamos.

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Madre sin photoshop

¡Hala! Pues ya tengo tema para el post con el caso de marras que hoy me arroja al portátil a escribir con la furia de los doce titanes. Y es que no era algo aislado, de repente, me vino a la memoria una frase que me dijeron, unos meses después de dar a luz, “Tienes que adelgazar, si no, tu hijo se avergonzará de ti, que ahora los niños no son como los de antes”.

(Sin comentarios).

Causalmente, hacía unos días había visto un viral titulado “Tus hijos no recordarán tus michelines ni tu culo flácido, te recordarán a ti” que me había gustado mucho y me había hecho pensar en todas las madres que han perdido su figura porque no han mirado más que para sus hijos.

Hay, como poco, dos cuestiones muy importantes en todo esto. La primera es que estamos hablando de gordura, sobrepeso, e incluso obesidad y, sobre este tema, que todo lo más que se nos ocurra sea tratarlo desde la estética… es muy grave, y mucho más grave será en 2025, cuando una quinta parte de la población mundial sea obesa, con las innumerables y trágicas consecuencias que ello puede tener. Estar gordo no se puede justificar echándole la culpa a la genética, estar gordo es el resultado de una conducta asociada a la pésima educación alimentaria, fraguada en el sistema capitalista que nos empuja una y otra vez a consumir comida procesada, beber refrescos, y fagocitar patatas fritas como si no hubiera un mañana, pero espera, que aún hay más, lo mejor de todo es que, después, nos gastamos aún más dinero para pagar un gimnasio que elimine, en lo posible, las grasas trans, azúcares y carbohidratos acumulados con tanta basura. Como siempre, esto también tiene arreglo y el arreglo es el mismo de siempre: MÁS EDUCACIÓN, pero de la buena, a ser posible. Y de esto no digo más porque no es mi ámbito y lo dejo en manos de quienes saben. Yo tengo un nutricionista de cabecera que me chifla y que os presto y que sabe lo que no está escrito en Nutrición, aunque se empeña en demostrarlo todo científicamente: Aitor Sánchez, al que podéis escuchar en Esto me suena, en RNE, o leerlo en su blog Mi dieta cojea.

A partir de aquí, podríamos decir que uno está gordo porque quiere o, porque no queriendo, no sabe qué tiene que hacer para no estarlo. Si es porque quiere, fin de la conversación. Ole tú. Haz con tu libertad lo que te plazca. Si es que no quieres pero no sabes, consulta a un nutricionista y, si te ves comiendo a escondidas para rellenar algún vacío, pide ayuda a un psicólogo. Qué fácil es decirlo, ni te cuento escribirlo.

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El gordo y el flaco

La segunda cuestión es que, como lo que dices siempre habla de ti (y este sí es mi tema): si dices que no te gustan las gordas (por favor, no uses la palabra “rellenita”, no vayas a querer frenar ahora tu inteligente apreciación), dices que valoras a las mujeres por el empaque, como si las mujeres pudieran valorarse por fuera, como si fuera tan ridículamente sencillo. Lo peor es que, con probabilidad, todos lo hacemos. Nuestra cultura está repleta de prejuicios, síntoma de poca cultura, por cierto. No es fácil deshacerte de ellos pero, si quieres, antes de nada, lo más importante es que seas consciente. Cuando dices “no me gustan los gordos” hay dos interpretaciones básicas pero solo una semiótica. Por alguna razón, la imagen que contiene la palabra “gordo” es importante para ti, está relacionada contigo de algún modo y, por supuesto, habla de ti. Es como cuando le dices a alguien “estúpido”. Esa palabra que conoces tan bien y que utilizas, está en tu vocabulario seleccionado por ti por alguna o muchas razones. Recuerda que tus palabras te representan porque, no lo puedes evitar, eres lo que dices, eres lo que comes, eres la música que escuchas. Y que no te gusten las gordas, es muy lícito, faltaría más, pero que eres un inepto integral que no ve más allá de sus narices, también, ¡porque estamos todos gordos! sí, sí, tú también, y si salieras un poco y mirases a tu alrededorverías que la proporción áurea… no la encuentras ni en la mente del más artista.

Por tanto, por concluir y evitar derrames oculares innecesarios, cuando alguien te dice que estás gorda, como si te estuviera informando de algo que tú no sabes, es porque no tiene mucho más que decir, su intelecto no le da para más, ¿no te da pena? Hablar del físico de las personas es de muy mala educación y una clara muestra de que has ido a la escuela, pero poco. Si encima lo haces para insultar, dobla lo patético porque, como lo que dices habla de ti, si eso es todo lo que se te ocurre para ofender a la chica o al chico de al lado, ten cuidado, porque si es verdad que son gordos, igual les entra el hambre y te comen.

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Sentido común, lógica, normalidad y otras paparruchas

sentido-comunEl sentido común está relacionado con una forma razonable de enfrentarse a los problemas. Partiendo de la base de que la sensatez, la prudencia y la cordura nunca han sido santos de mi devoción ni adalides de grandes gestas, puede ser interesante reflexionar sobre la importancia que le otorgamos al sentido común y por qué creemos que el nuestro, si es que lo tenemos, debe ser el único aceptable. Es probable que, si nacimos en el mismo país, incluso en la misma ciudad, el mismo barrio, el mismo bloque y la misma escalera, mi sentido común se parezca al tuyo, aunque, si mi padre o mi madre, no nacieron en el mismo país, ciudad, barrio, bloque, escalera que el tuyo o la tuya… entonces, no va a poder ser… eso parece preocuparnos bastante, aunque yo no tengo nada claro si sentir como los demás es, necesariamente, lo mejor. Entiéndase por común lo ordinario, vulgar y frecuente, y tan popularmente conocido como normal. Yo estoy convencida de que la gente normal no existe, es una leyenda urbana, en toda mi vida he conocido a alguien así. Si esta premisa es cierta, afecta directamente al sentido común. Estamos muy tontos con ese tema, te pasas media vida tratando de ser normal, de encajar, de seguir los patrones establecidos por unos u otros, hasta que te das cuenta -con suerte, antes de morir- de que eres único, que la vida es una y que eres libre de ser lo que quieras y cómo quieras, libre para elegir ser feliz, incluso libre para elegir no serlo.

tildaTilda Swinton es la actriz viva que más me atrae, me subyuga su diferencia, ese poder que tiene de ser femenina, masculina y lo que le dé la gana; mi admiración por ella creció más aún desde que supe que vive en ménage à trois con su marido y su amante. Imagino que habrá un millón de personas que la habrán criticado y muchas más se habrán muerto de envidia, descansen en paz. No se preocupen ni se escandalicen, hay muy pocos como ella. Alguna vez lo habréis leído en este blog, no me gustan nada las dicotomías, no creo que sean positivas, ni beneficiosas para nadie, ni realistas. Mujer/hombre, casada/soltera, derecha/izquierda, creyente/ateo… solo un sistema educativo tan limitado como el nuestro puede producir opciones tan simplistas.

Después del último atentado en Orlando, en el cual han muerto más de 50 personas y otras 53 han resultado heridas, medio mundo occidental rechaza la matanza, más aún cuando la única razón que se les ocurre esgrimir es que no les gusta la orientación sexual de otro. Patético. Terrorífico. Sigo convencida de que el foco debemos ponerlo en la Educación y la Cultura. Solo ellas pueden lograr que nuestra lógica sea más potente y eficaz, más flexible. La música, el arte, leer, viajar… son más que suficientes para darnos cuenta de que no estamos solos, de que no hay verdades absolutas y de que no hay nada más poderoso que el miedo. Miedo a la diferencia. En plena campaña electoral, escucho a una señora decir “al coleta no le daba ni agua” y eso también me produce terror. Me pregunto si de verdad no le daría agua, aunque muriera de sed o, simplemente, es una curiosa forma de hablar. ¿Qué nos incapacita para conocer al otro, para entenderle?  Me gustó mucho la campaña de Amnistía Internacional en la que enfrenta a europeos y refugiados y les reta a mirarse. MIRARSE. Mirarse más, hablar menos. Necesitamos más silencio, menos ruido. Demasiada gente sabiendo qué hacer y muy poca haciendo algo. Una vez leí en algún sitio que las ollas vacías suenan mucho más que las llenas. Mucha gente vacía.

¿Alguna vez te ha molestado lo que dice o piensa otro? Es un buen punto de partida, ¿no te parece? Empezar a investigar la razón de por qué nos sentimos así, analizar nuestros miedos. Hoy he leído, no negaré que con cierta satisfacción, que el arzobispo de Valencia ha sido denunciado por delitos de odio contra los homosexuales y las mujeres. Juzgar a los demás solo porque no son como tú es de esas miserias humanas con las que tendremos que cargar con pesadumbre y vergüenza pero, antes de mirar la paja en el ojo ajeno, no estaría de más observar nuestras vigas…

PD: dedicado a Rosa González, por ser una maravillosa persona con un gran sentido poco común y nada normal 🙂

La excelencia y la sobrevaloración del talento

dibujo_patioDurante mucho tiempo, el talento ha sido casi una obsesión para mí. Empezó en el colegio, tendría unos ocho años. Recuerdo que la maestra nos pidió un dibujo sobre el recreo. Seguramente, habría pasado otras veces, pero esa tuvo de especial que me fijé en mi compañera de mesa. Estaba yo todavía pensando en qué diantre iba a dibujar, cuando ella ya había perfilado, con precisión quirúrgica, todos los elementos de la escena. Aquello que salía de su lápiz parecía ser aquello que ella deseaba que saliera. Estaba impresionada. Lo intenté. Compré los mismos lápices, el mismo papel, pero nada. Me ocurrió igual en clase de gimnasia. Observaba como había personas que hacían con facilidad aquello que para mí era muy difícil.

Gente con talento. Y yo, a la caza y captura, observando, escudriñando, examinando, analizando y estudiando a todo aquel que se cruzara en mi camino, una y otra vez. ¿De dónde procedía el talento?

Unos años más tarde, ingresé en el conservatorio. Cuando llegué, allí estaba de nuevo: niños y niñas con una facilidad deslumbrante para interpretar música. Estaba claro que era algo genético pues muchos con aquel talento tenían padres o madres músicos, y se notaba.

talento_lessingCon 20 años era capaz de distinguir con claridad el talento, una especie de resplandor que hacía especial a cada persona que conocía, con la práctica era capaz de verlo incluso en aquellos en los que nadie veía nada, quizás por eso decidí estudiar Magisterio. Me especialicé en casos perdidos, abandonados, irrecuperables… a todos les encontraba un talento determinado para algo (y eso que en los tres minúsculos años de carrera nunca oí hablar de la Teoría de las Inteligencias Múltiples de Gardner), así es que no me extrañó cuando una familia se puso en contacto conmigo para que trabajara con su hija “especial”. Fue una experiencia muy interesante. La niña había ido a un colegio para superdotados en Valladolid, en el se que había certificado su sobredotación. La niña, de 11 años, tocaba el piano con soltura, cantaba bien, parloteaba dos o tres idiomas, se le daban bien las Matemáticas… podríamos decir que era una persona con talento pero, por primera vez, yo no pude verlo.

¿Qué demonios es el talento? Una vez ya metida de lleno en la vida profesional, el talento seguía persiguiéndome. En las librerías, títulos del tipo Cómo conservar el talento, ¡contrate gente con talento!, El talento: ese bien tan escaso y tan preciado, Atención: fuga de talentos: España en crisis… repletaban las estanterías, tanto que incluso creé un seminario sobre GESTIÓN DEL TALENTO, con el objetivo de que todos pudieran encontrar su/s talento/s antes de que fuera tarde. La gente asistía sin demasiado ánimo, convencida de que, el talento, se tiene o no se tiene. Por lo que, un tiempo después, creé otro denominado GESTIÓN DEL ENTUSIASMO, con muchos más candidatos y resultados más eficientes, aunque el contenido fuera el mismo 🙂 En mi trabajo como consultora tuve que seleccionar personas con la seguridad de que ese debía ser el requisito esencial para contratar a alguien: ¿cuál es tu talento? les preguntaba; los candidatos contestaban con frases difusas tratando de que aquello sonara a soy el adecuado.

En 2010 tuve un sueño, un proyecto empresarial compuesto por personas con un talento especial en diferentes áreas de negocio, gente sobresaliente, cualificada, independiente y con ganas de hacer algo distinto. No funcionó. Durante horas nos sentábamos a charlar sobre esto o aquello, pisándonos con nuestras ideas inteligentes, unas más que otras. Sin ningún avance. Estaba claro que sabíamos pensar pero nunca llegamos a actuar. En la actuación se encuentra la pasión y, sin pasión, no hay talento.talento_einstein

En 2013 asistí a una serie de monólogos científicos en los que participaba una genetista que, con humor muy certero, nos contaba lo poco que tenía que ver la genética con nuestra inteligencia. Ese año leí a G. Colvin, editor y columnista de la revista Fortune y uno de los más respetados periodistas económicos de Estados Unidos; era un artículo sobre la práctica deliberada y su efecto multiplicador. En él describía montones de casos de personas que, aparentemente, sin una aptitud especial para el deporte, la música o los negocios, habían llegado más lejos de lo que nadie hubiera imaginado, personas sin antecedente familiar alguno, personas que habían practicado hasta que habían sido buenos y viéndose buenos habían seguido practicando hasta hacerse excelentes. Sin magia, sin genética, solo a base de esfuerzo, ¿no es esperanzador?