Categoría: Habilidades Interpersonales

El silencio como estrategia

Tesilencio propongo un reto: no contestes a ese whatsapp. Espera unas horas, un día. Dudo que tu interlocutor aguante tanto tiempo sin saber de ti, empezará a impacientarse, no podrá evitar reaccionar, a brindarte información sobre su interés, su necesidad, su debilidad.

El silencio no es sólo el contrapunto necesario a la palabra, sino un elemento de comunicación en sí mismo. De hecho, el uso del silencio en la comunicación interpersonal, puede ayudarnos a mejorar nuestra forma de relacionarnos. Imagina por un momento que pudieras eliminar de golpe todas las estupideces que has dicho en el último año… vale, elimina solo las de hoy, ahora trata de analizar las consecuencias… ni te figuras lo que eso podría suponer… llévalo a la alta política (consultar el twitter de Trump como ejemplo implacable) o cualquier espacio en el que se tomen decisiones importantes para tu vida, para la de todos.

La comunicación es un acto que nace en nuestro interior, con el lenguaje interno, esos pensamientos que utilizamos a diario para castigarnos o motivarnos, y que salen hacia afuera con algún objetivo, pero, ¿sabes cuál? ¿sabes para qué te comunicaste la última vez? ¿qué querías lograr? ¿tenía que ver con el otro o tenía que ver contigo? ¿con tu necesidad de que te estimen, de que te valoren, de que te recuerden? Dice Manolo García que si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir…   qué maravilla de canción, qué difícil la contención… porque no estamos educados en el silencio, sino en el ruido (si la olla suena es que poco lleva), no estamos educados para escuchar, sino para contestar. Uno de mis maestros, Alfonso Medina, me enseñó a utilizar el silencio como arma de reconstrucción masiva, en conversaciones de calidad, ante la incomodidad del otro que, como tú, también ha sido educado para contestar y no para escuchar, tú asientes con la cabeza o, simplemente, respiras, y, de repente, nos encontramos con una información que no esperábamos, algo que estaba más oculto. Estoy convencida de que los espías reciben entrenamiento en el silencio. El silencio puede ser más poderoso que la palabra, más inteligente, más eficaz, el ruido más fuerte, el más fuerte de todos los ruidos.

Si nuestros actos hablaran, no sería necesario recurrir a la palabra, la palabra es simple, muchas veces insuficiente, ¿necesita acaso un bebé la palabra para comunicarse? ¿crees que su comunicación no es eficaz? ¿has mirado, alguna vez, a alguien a los ojos mientras hacías el amor? ¿necesitas alguna palabra? ¿existe esa palabra? ¿conoces alguna persona sorda que no sepa comunicarse? El silencio nos da miedo. Nos da miedo practicarlo, nos da miedo recibirlo, porque el silencio es honesto, no puede haber mentira en el silencio. Todo lo que puedes hacer con el silencio del otro es interpretarlo, nada más, pero solo el que lo ejerce sabe por qué, y el silencio es feroz, si en la comunicación no hay comunión, el silencio puede destruir cualquier resto de historia pero si, por el contrario, hay comunión, el silencio reforzará el vínculo, de modo extraordinario. El silencio es generoso, un regalo, para que, por una vez, sea el otro el que se exprese y seas tú el que escuche. Y sí, el silencio puede doler. Decía Rosa Chacel en “Desde el amanecer”: Algo se había roto: un corazón se rompe más silenciosamente que un vaso de vidrio, no causa el estruendo con que se despide de la vida un objeto precioso: se va en silencio y deja silencio al desaparecer. Deja estupefacción porque no solo ya no es lo que era, sino que ya no es lo que iba a ser…

El silencio es una estrategia excepcional, sobre todo si lo usas poco, descoloca a tu oyente, le incomoda, le cuestiona. Decía E. Galeano que sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces la mejor manera de comunicarse es callandoOjalá nos calláramos más, ojalá hiciéramos menos ruido, ojalá nos mirásemos más a los ojos, respetásemos las ideas del otro, aún sin compartirlas. Ojalá dejásemos de instigar, de juzgar, de criticar, de opinar sin que nos lo pidan. Ojalá pudiéramos, con el silencio, construir un sonido sin acúfenos, una vida sin superficie.

“Escucho tu silencio. Oigo constelaciones: existes. Creo en ti. Eres. Me basta”. (Ángel González)

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De decisiones, egos y autoestima

Se dice que el terror surge cuando el miedo ha superado los controles del cerebro y ya no puede pensarse racionalmente…
El miedo nace de la sensación de falta de control y evita que podamos pensar de forma racional…

Hace unas semanas, participé en una situación nada grata para mí. Una persona a la que aprecio, se manifestaba contraria respecto a una decisión personal que yo había tomado. No solo juzgó mi decisión sino que me juzgó a mí con implacable seguridad. Ante mi propio desconcierto, salté sobre él como fiera que llevara años enjaulada. Tras pedirle disculpas, reflexioné sobre la causa que me había llevado a tal descontrol: ¿por qué me afectaba tanto aquello? ¿qué más me da a mí si hay alguien de acuerdo o no con lo que pienso? ¿por qué me nacen estos sentimientos tan negativos? ¿a qué tengo miedo? ¿no es así como nace el odio?

Aunque he oído algunas veces que el ego es el exceso de autoestima; no puedo estar de acuerdo. La deseada, necesitada y añorada autoestima es la consecuencia de la opinión que cada uno se fragua de sí mismo. Si me tengo en consideración, no en referencia a comparaciones sociales sino a mi propio crecimiento personal, y soy solidaria con mis errores y complaciente con mis logros, alcanzaré el nirvana, seré libre. Una sana autoestima es síntoma de una sana salud mental y, seguramente, por eso, siempre ha sido tan codiciada. Pero lo cierto es que no se enseña autoestima en las escuelas y en algunas familias, tampoco. No se apela al amor y al respeto por uno mismo sino a otras cuestiones más prácticas que facilitan que podamos jugar en esta ruleta rusa tan vitalicia y tan poco vitalista, cuestiones que responden a nuestra necesidad de seres sociales. Ahí es cuando entra en juego un elemento inversamente proporcional, el ego, entendido como la consecuencia del valor que otorgo a las opiniones de los demás sobre mi persona. Así, habitualmente, tras un gran ego se esconde una baja autoestima.

Las pautas para descubrir uno u otro están en la forma de comunicarnos. A las personas con una alta autoestima  se les da bien escuchar, aprehender, comprehender. Viven en libertad, sin importarles las modas o las influencias o elquedirán, y son celosos de su intimidad y de su tiempo de vida, que suelen invertir en aquello/aquellos que aman. Por el contrario, las personas con exceso de ego, hablan mucho de sí mismas, gastan tiempo en busca del selfie perfecto, piensan en los demás como si solo fueran meros espectadores a los que satisfacer y viven pendientes de los likes. Ya sabes: “qué pensará mi jefa/mi padre/mi hermana/mi pareja/mis amigos e incluso mis conocidos si hago/digo/pienso esto o aquello” y, cuando se lanzan, viven atemorizados por no gustar. Se juntan con personas que piensan como ellos, que no les llevan la contraria, y creen vivir en paz, hasta que un día se desbordan. Las redes sociales nacieron de esta observación, era un triunfo asegurado. Pero es que, además, en estos últimos años, han conseguido que, en vez de colaborar, compitamos, en vez de relacionarnos, generemos identidades irreales más adecuadas a lo que creemos que nos exige esta denostada sociedad que a lo que realmente deseamos, tanto que, empiezan a aparecer estudios que demuestran que las redes nos hacen menos inteligentes, aunque no hay mucho que estudiar: ¿te has sorprendido alguna vez, a altas horas de la noche navegando y cotilleando en vidas ajenas? ¿qué sentido tiene? En cierto modo, es como ojear una revista del corazón, con personajes más reales, más conocidos, aunque con una cuota de veracidad y de valor tanto o más irrelevantes para tu vida.

Cuanto más cotillas somos menos vida tenemos
Cuanto más cotillas somos menos vida tenemos

Entonces, ¿qué pasaría si no estuviéramos en las redes? Seguro que conoces a personas que nunca han estado en Facebook ni en Instagram, ni les interesa, a pesar de haber sido presionados una y mil veces por familiares, compañeros y amigos, como lo han sido con una boda, la paternidad, las oposiciones y mil otras sandeces que algunos consideran la panacea del homo socialis. Quizás algunas, simplemente, sean poco sociables, y otros, algunos de los que conozco, son personas sanas, estables, que prefieren tomarse un vino contigo, o un té, o pasear durante horas antes de mostrar al mundo entero -con lo que ello implica- dónde ha estado de vacaciones o lo bien que le sienta su camiseta nueva; personas con bajo ego, y con una autoestima envidiable, personas que no viven esperando a que vibre su móvil para tener una vida más completa.

Tengo esta reflexión con mis clientes y me temo que ha llegado el momento de asumir cierta responsabilidad. Sobre todo ahora, más que nunca, cuando he empezado a sentir que estoy vulnerando la privacidad de mi familia y mis amigos. Así es que me lanzo a este experimento y desaparezco de las redes sociales (personales). No puedo eliminar las miles de horas empleadas en ellas pero sí puedo decidir darles otra utilidad, a partir de ahora, comunicarme de forma más directa, leer más, escuchar más música, ver más cine, mirar más a los ojos a la gente que amo. Esta es mi decisión, soy consciente de que a algunos gustará y a otros no, pero no busco la aprobación de nadie, solo la mía.

El secreto de Anchuelo

1000 maneras de morir
Por “1000 maneras de vivir” no he encontrado nada.

Me admira cómo se publican libros a troche y moche, cómo se descubren, cada día, mil y una formas de hacer unas lentejas, de ponerte un pañuelo, de curarte un resfriado, de ser feliz, de encontrar pareja o de morir. Google no debe dar a basto con tanto conocimiento por ahí suelto. Y la cuestión es que, al final, en cuestiones básicas, tengo la sensación de haber avanzado muy poco. Seguimos teniendo conversaciones vacías, gastando el tiempo en batallas perdidas, negociando sin éxito, confundiendo matices, dando y recibiendo malentendidos, insatisfechos, a veces amargados y, muchas, bastantes veces, desencantados con una vida con demasiados lunes y escasos sábados.

Ana Orantos
Dos amigas. Una noche cualquiera.

Hace unos días, salí a tomar un vino con mi amiga, Rebeca. “Un vino” le dije, asegurándome de pronunciar cada letra para no dar lugar a la confusión que, con eso de que yo soy extremeña y ella madrileña… nos liamos. “Sí, sí”, dijo ella cogiendo su teléfono y llamando a un restaurante muy cercano que tampoco era para que muriéramos de hambre por un principio cualquiera como el de recogerse pronto para madrugar al día siguiente por aquello de trabajar. El caso es que la mesa tardó en estar libre y tampoco íbamos a estar sin consumir, y que el vino era muy rico, pero no me preguntes cuál ni nada. Total que, estando ya en la cena, hablábamos de cosas banales porque, en las casi dos horas previas ya nos lo habíamos dicho todo. Incluso, me oí espetándole: “voy a contarte algo que nunca te he contad…” No me dejó ni terminar: “que sí, que sí, que ya me lo has contado”. Pues nada… miré alrededor, por si encontraba alguna fuente de inspiración. Dos mesas más allá, hacia la calle, cinco treintañeros hacían ruido, se reían y brindaban, hasta que uno de ellos gritó “¡si ese tío no quiere vivir es que está muerto!”.

secretoPienso lo mismo que tú. Esa mesa era mucho más interesante que la nuestra, por mucho que quiera a mi amiga. Así es que nos acercamos y nos unimos al grupo. Sería tremendo contar al detalle todo lo que escuchamos aquella noche… por lo que, seleccionaré solo una anécdota que me dejó pensando varios días. Este grupo de tíos -más conocidos como “Los chicos de Pavones”, ahora ya currantes y, con cierta nostalgia de la vida de estudiantes- nos relataron que, organizando una fiesta en el piso en el que convivían, decidieron que fuera distinta, una fiesta temática. Uno de ellos, al parecer, el ideólogo, buscando en Internet, encontró un jugador de balonmano de segunda división apellidado “Werner” y, sin más, decidieron hacer la fiesta en su honor; está incluía un pack de bienvenida consistente en una careta con la cara de Werner y una pelota de su deporte favorito, hecha de caramelo. En seguida, los invitados empezaron a preguntar por Werner. Al parecer, en menos de media hora, ya se habían encariñado con el sujeto, y todos querían saber cómo es que no había asistido a una fiesta en su honor. El vino también era muy rico. Así es que abrieron el portátil y descubrieron que, en unas horas, Werner, tenía un partido en una localidad cercana. Sin duda, era el destino, aunque ellos lo llamaron Werner’s day. Los cincuenta fiesteros, armados con sus caretas y una pancarta motivadora en la que se podía leer “Werner, eres el mejor” se dirigieron al estadio municipal en el que, aparte de su presencia, algunos familiares combatían el frío y la soledad aplaudiendo y hasta saltando, si la ocasión lo requería. Una vez posicionados en las primeras gradas y decididos, por consenso, a  darlo todo, comenzaron a gritar, animando, celebrando cada gol como jamás lo habían hecho, abrazándose y besándose con cada tanto; chillando, jaleando y dejándose la garganta hasta el punto en que, desde fuera, aquello parecía un auténtico concierto de rock. Werner, asustado, hizo, probablemente, el mejor partido de su vida, marcando tantos goles como sus manos le permitieron. Él, el entrenador y su propia madre, una vez concluido y ganado con creces el partido, fueron a conocer a los nuevos fans, a darles las gracias y, sobre todo, a preguntarles por qué. Perplejos, no podían entender que no hubiera ninguna razón más que el azar y las ganas.

Juan Ignacio Werner Rodil, en posible estado de shock
Juan Ignacio Werner Rodil, en posible estado de shock

Esto, contado por sus protagonistas, me causó dolor de estómago de las carcajadas. Imaginaba al pobre Werner fuera de sus casillas, como si le hubieran puesto LSD en el Aquarius, flipándolo todo el rato.

¿Has oído eso de el secreto de Anchuelo, que no lo sabía nadie y lo sabía todo el pueblo? Pues ellos me lo recordaron y me consta que puede aplicarse a todo, absolutamente a todo y que, seguramente, tú también lo sabes, el secreto de la buena vida es hacer, de aquello que consideres ordinario, algo extraordinario.

Yo creo en las miradas que son capaces de ver la maravilla donde otros no ven nada. Creo en este grupo de personas magníficas que nos hicieron pasar una magnífica noche y que, seguramente, le mejoraron la vida a Werner. Creo en la gente que llama por teléfono solo por el deleite de escuchar tu voz, en la gente que te muestra el mundo sin moverse de una habitación, en todos los que se esfuerzan cada día para tener la vida que desean y que nos contagian y nos meten en líos de los buenos. Creo en la autenticidad.

 

PD: la historia está contada como la recuerdo; probablemente no todos los datos son exactos pero, como dijeron los hermanos Coen cuando les preguntaron en qué hecho real se basaba Fargo: no siempre es necesaria una historia real para hacer una real historia o algo así 😊