Categoría: Comunicación

Expiación

Aberystwyth, desde Constitution Hill
Aberystwyth, desde Constitution Hill

Llevo dándole vueltas varias semanas a si compartir, o no, una experiencia muy personal. La decisión de hacerlo, probablemente, tenga que ver más con mi necesidad de expiación, que con lo que pueda servir a alguien. Disculpadme el egoísmo.

Yo no había vuelto a Aberystwyth desde que lo abandoné, hará quince años en junio. No regresé por decisión propia. Siempre he sentido cierta tristeza por las personas que se aferran al pasado. Además, allí había dejado una parte de mí que no deseaba que se enturbiara, una mujer de 28 años que llegó huyendo de sí misma y que se encontró, en un país totalmente ajeno, con una lengua extraña.

En Aber descubrí mi identidad. No creo que sea extraordinario el hecho de que tu identidad se refuerce en ámbitos que no son el tuyo, al final, si quieres existir, tu presencia es más notable en tanto que eres diferente al resto. En realidad, la historia es mucho más común de lo que la siento: fui a la Universidad de Gales a cursar las cuatro asignaturas que me quedaban para terminar mi licenciatura y para costearlo, además de la ayuda de mi madre, trabajé limpiando en un supermercado, todos los días, de 6 a 8 de la mañana. Este es el hecho. Las emociones que lo aderezan tienen que ver con la persona que me animó a marcharme y que cambiaría mi vida para siempre.

SONY DSC
Miss me (Aberystwyth harbour)

Como decía, no me gusta mucho hablar del pasado, aunque no reniego de él. Creo que todas las decisiones que tomamos nos traen al lugar en el que estamos ahora. Nunca pienso en el “y si…”. Algunos dicen que porque soy poco romántica, aunque yo creo que es porque, desde siempre, me he sentido mucho más atraída por lo que me queda por vivir que por lo ya vivido. Lo cierto es que, el mes pasado, cuando llegué a Aber y dejé a mi familia en el hotel y caminé con los pies que prensaron aquel paseo marítimo en dirección al puerto, cientos de veces, lloré. No fue un llanto cualquiera. Lloré mucho, muy fuerte: lloré por todo lo que dejé allí, por los sueños que fragüé, lloré por haber perdido la juventud, por aquel esplendor que Wordsworth describió de forma tan magnífica y que se convirtió en el leitmotiv de una película que adoro:

esplendor-en-la-hierba
Esplendor en la hierba (E. Kazan, 1961)

Aunque el resplandor que,
en otro tiempo, fue tan brillante,
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Lloré por no haber sabido apreciar aquel instante, por no haber sabido valorar, como merecía, a aquella persona que me dio tanto. Lloré por todo lo que dejé allí, por mi falta de coraje, por mi vulgaridad, por mi incredulidad. Lloré porque nunca, de ninguna manera, podré volver a vivir aquella maravillosa y definitiva experiencia… Después, regresé al hotel y recobré el sentido de todo lo que soy hoy; y me tranquilicé.

Al día siguiente, llegó mi amiga, Severine, con quien había convivido en aquella estancia. Juntas revisamos los lugares, las gentes, cada esquina, cada anécdota, las sonrisas cómplices, los divertidos malentendidos debido al idioma, cómo nos sentíamos, lo poco que sabíamos, lo pequeño que ahora nos parecía todo… Entonces le hablé de él. Se lo conté todo, incluso el final, y cómo algo se rompió a nuestro regreso a España. Perder el mágico marco de una relación como aquella, tener que volver a vivir en mi antiguo piso, quedar con mis amigos que ahora parecían unos auténticos desconocidos, hablar de las mismas cosas, volver a ser víctima de una minúscula sociedad que me presionaba cada día… no sé… no supe adaptarme. Yo ya era otra. La aprendiz que pedía más al maestro. La persona que quería más de lo que tuvo en Aber.

No supe hacerlo. Volví a huir, decidí cortar, por lo sano, reconstruirme con todo aquel aprendizaje, hacer todo aquello que me enseñó, amar más la vida, viajar, disfrutar de la comida con placer, leer a los repudiados, ver más cine no comercial, amar las obras de arte, sentir la música, convertir mi mirada en un objetivo, beber para deleitarme pero también para abstraerme, arrimarme a gente que piensa de manera diferente, que siente de manera diferente… amar… amar… a mar… Todo lo que me enseñó, se convirtió en mi religión.

A veces, pienso en aquel de quién tanto aprendí, aquel que, con el amor más íntimo y auténtico que pueda haber conocido, me dio la libertad. Por eso, quizás, desde aquella difícil ruptura, suelo escribirle, de vez en cuando, pidiéndole perdón, tratando de justificar lo injustificable. Nunca he recibido respuesta. Pero, hasta ahora, siempre creí que era mi deber seguir insistiendo, que debía ser mi penitencia. Después de aquel paseo con mi amiga Sev, me espetó: déjale en paz; con cada palabra tuya le obligas a regresar a este pueblo, a ese tiempo. Déjale en paz. No insistas. Si alguna vez quiere hablar contigo, te buscará. Haz un acto de amor, no vuelvas a escribirle. Si te conoce, lo entiende. Sigue adelante.

Y aquí sigo. He regresado. Continúo mirando adelante, dejando atrás la belleza de un futuro repleto de sueños, de todo lo que no podrá ser jamás, tratando de aceptar que sea así, sin resignación, con valentía, zafándome de lo que debo ser y orgullosa de lo que consigo ser cada día y, con miedo, con mucho miedo, a tener solo una vida y tantas ganas de vivirla…

TwitterFacebookGoogle+LinkedInPinterestTumblrStumbleUponEmailPrintCompartir

El denostado egoísmo

Las preguntas que me hago esta semana son: ¿qué es el altruismo?¿qué sentido tiene? ¿existe en realidad?

msf
La labor de Médicos Sin Fronteras como ejemplo de altruísmo

¿Hay personas que son capaces de hacer cualquier cosa por procurar el bien ajeno? Absolutamente sí. De hecho… ¡conozco a muchas!, Pero, ¿incluso a costa de su propio beneficio?. ¡Uf! Es que… ¿ayudar a los demás no supone beneficiarse? acaso, ¿quién decide ayudar a otro no gana siempre? Incluso, en algunos casos, ¿ayudar a otros no es una manifestación de egoísmo?, por aquello de, en vez de ocuparte de lo tuyo, te ocupas de lo de los demás… (ya sabéis que lo mío es provocar… sigamos leyendo).

El egoísmo es la base de la supervivencia animal, como la madre que si no se alimenta no tiene leche, como el padre que si no es lo suficientemente fuerte para defenderse a sí mismo no podrá defender a sus hijos. Es un principio básico que debería aplicarse en todo, si no estás bien, no estás en condiciones de ayudar a otros.

El egoísmo, esa conducta denostada, muy castigada por muchos muchos interesados, es muy necesario. Cuidado, hasta que ya no lo es. Es necesario cuando no tienes nada más, como un bebé. Un bebé solo piensa en sí mismo, este es un excelente indicativo de supervivencia. Llora y grita y clama por sus necesidades, su bienestar. Una vez va creciendo y asegurándose de que estas están cubiertas y/o sabe cómo cubrirlas, estará preparado para ocuparse de los demás. Hay infinidad de personas, cada vez más, que nunca llegan a estar preparadas porque no sienten sus necesidades satisfechas, ¿cómo van a estar dispuestas a dar si están enfocadas en recibir? Personas que no han madurado, porque no han querido, o no han podido o no las han dejado.

maslowMaslow y su pirámide nos enseñaron que hay cinco niveles de necesidades, dependiendo de la evolución socioeconómica y cultural. Los dos primeros son la base para todo lo demás, por lo que son, y deberían ser, de obligado cumplimiento en cualquier sociedad. El tercer nivel, menos práctico y más afectivo, es necesario para conseguir cierto equilibrio emocional. El cuarto y el quinto son solo para adultos afortunados, sí, sí, para ti y para mí. En una sociedad como la nuestra, los cinco niveles deberían estar más que cubiertos. Deberíamos haber podido invertir en nosotros, para ayudar a los que no han podido. Deberíamos ser grandes egoístas-altruistas.

Una pregunta que me hacen mucho y de la que hablábamos el otro día en el programa de Adolfo Martín, Estando contigo, es ¿cómo puede ser que si conocemos el secreto de la felicidad, la gente no sea feliz, plena, completa? Digamos que la llave está en la Inteligencia Emocional y que la buena noticia es que la Inteligencia Emocional se puede entrenar. La cuestión es ¿Dónde están los entrenadores? ¿Quién los prepara? ¿Por qué no hay universidad que sea capaz de producir expertos? Pues, porque en esto de la Inteligencia Emocional, no basta con saber, hay que ser. Si no tienes un nivel alto de Inteligencia Emocional no la puedes enseñar porque el mejor canal de enseñanza es el contagio.

La maravillosa Audrey Hepburn
La maravillosa Audrey Hepburn

Aquellas personas con un alto nivel de Inteligencia Emocional son altruistas. Pero no por una cuestión de bondad-maldad (qué sandez la de reducir todo al blanco y negro) sino por una cuestión de pura inteligencia. Las personas más inteligentes saben que la cooperación, la filantropía, la generosidad, la hospitalidad, la humanidad y la empatía son, con toda seguridad, las recetas del éxito.

Ahora vamos al cómo. Para empezar, auto-observación: ¿soy egoísta? Mejor aún: ¿estoy preparado para no serlo? ¡Pirámide de Maslow al canto! A ver cómo ando con eso de cuidarme: tengo para comer, tengo cobijo, tengo gente que me quiere y a la que quiero, aporto algo a la sociedad que me rodea… ¿he llegado donde quería llegar?  ¿estoy en el camino? Que hay alguna respuesta negativa, pues ¡hala! a programar: “plan de choque – plan de vida”. Podemos empezar con algo muy sencillo, una variación en el lenguaje: ¿utilizo mucho el yo, mi, me, conmigo? ¿me hago muchos selfies? ¿envío fotos mías a todo quisqui? ¿Cuándo alguien me cuenta su situación termino contándole la mía? ¿considero que he tenido “mala suerte” en la vida? 

¡son míos!
¡son míos!

Ser egoísta es una señal de involución. Desplegar nuestra ira con los egoístas no lo es menos. La compasión es lo único que nos ayudará a unos y otros. Tú, como buen egoísta, ya sabes que no hay nada que procure mayor beneficio que ocuparte de los demás y si no lo sabes, no es que seas egoísta, es que eres un niñato (también vale para niñata) 🙂

No me gustan las gorditas

first_dates
First dates. Paco y Mistral.

La semana pasada, esperando a que comenzara una película en Cuatro, se me coló un programa de esos insustanciales de pocos minutos, titulado First Dates, que ya te puedes imaginar tú de qué va el asunto por muy low level que tengas. Bueno, pues hoy no voy a hacer una crítica comunicativa ni del programa de factura importada, que nosotros de creativos andamos escasos (sí, Sheldon, esto es ironía) ni de su contenido, ni de su presentador, ni de sus participantes -esto último es mentira-, porque mira, me lo merezco, que en esos minutos podría haber hecho algo mucho más interesante con mi vida, PERO, la cuestión es que me quedé allí plantada, sin poder apartar la vista de la caja tonta. Aparece un chico en pantalla de 32 años, con menos luces que una carreta de mano, sin ninguna característica física sobresaliente, más allá de parecer simplón, diciendo que está en paro y tal y que a él no le gustan rellenitas, que él es de los que se cuidan; que será por fuera, solo, ¿no?. He tú ahí que aparece la chica, de 20 años, muy guapa, bilingüe, agradable, diciendo que le gustan mayores que ella, con una sonrisa que le ocupa toda la cara. Comienza la conversación de un nivel… que ya te puedes imaginar, hasta que el chico se lo suelta: “a mí no me gustan gorditas”. Ella, como puede, se justifica, que si yo no soy lo que ves, que si he tenido problemas y bla, bla, bla. Una pena morena, vamos.

madre
Madre sin photoshop

¡Hala! Pues ya tengo tema para el post con el caso de marras que hoy me arroja al portátil a escribir con la furia de los doce titanes. Y es que no era algo aislado, de repente, me vino a la memoria una frase que me dijeron, unos meses después de dar a luz, “Tienes que adelgazar, si no, tu hijo se avergonzará de ti, que ahora los niños no son como los de antes”.

(Sin comentarios).

Causalmente, hacía unos días había visto un viral titulado “Tus hijos no recordarán tus michelines ni tu culo flácido, te recordarán a ti” que me había gustado mucho y me había hecho pensar en todas las madres que han perdido su figura porque no han mirado más que para sus hijos.

Hay, como poco, dos cuestiones muy importantes en todo esto. La primera es que estamos hablando de gordura, sobrepeso, e incluso obesidad y, sobre este tema, que todo lo más que se nos ocurra sea tratarlo desde la estética… es muy grave, y mucho más grave será en 2025, cuando una quinta parte de la población mundial sea obesa, con las innumerables y trágicas consecuencias que ello puede tener. Estar gordo no se puede justificar echándole la culpa a la genética, estar gordo es el resultado de una conducta asociada a la pésima educación alimentaria, fraguada en el sistema capitalista que nos empuja una y otra vez a consumir comida procesada, beber refrescos, y fagocitar patatas fritas como si no hubiera un mañana, pero espera, que aún hay más, lo mejor de todo es que, después, nos gastamos aún más dinero para pagar un gimnasio que elimine, en lo posible, las grasas trans, azúcares y carbohidratos acumulados con tanta basura. Como siempre, esto también tiene arreglo y el arreglo es el mismo de siempre: MÁS EDUCACIÓN, pero de la buena, a ser posible. Y de esto no digo más porque no es mi ámbito y lo dejo en manos de quienes saben. Yo tengo un nutricionista de cabecera que me chifla y que os presto y que sabe lo que no está escrito en Nutrición, aunque se empeña en demostrarlo todo científicamente: Aitor Sánchez, al que podéis escuchar en Esto me suena, en RNE, o leerlo en su blog Mi dieta cojea.

A partir de aquí, podríamos decir que uno está gordo porque quiere o, porque no queriendo, no sabe qué tiene que hacer para no estarlo. Si es porque quiere, fin de la conversación. Ole tú. Haz con tu libertad lo que te plazca. Si es que no quieres pero no sabes, consulta a un nutricionista y, si te ves comiendo a escondidas para rellenar algún vacío, pide ayuda a un psicólogo. Qué fácil es decirlo, ni te cuento escribirlo.

gordoyflaco
El gordo y el flaco

La segunda cuestión es que, como lo que dices siempre habla de ti (y este sí es mi tema): si dices que no te gustan las gordas (por favor, no uses la palabra “rellenita”, no vayas a querer frenar ahora tu inteligente apreciación), dices que valoras a las mujeres por el empaque, como si las mujeres pudieran valorarse por fuera, como si fuera tan ridículamente sencillo. Lo peor es que, con probabilidad, todos lo hacemos. Nuestra cultura está repleta de prejuicios, síntoma de poca cultura, por cierto. No es fácil deshacerte de ellos pero, si quieres, antes de nada, lo más importante es que seas consciente. Cuando dices “no me gustan los gordos” hay dos interpretaciones básicas pero solo una semiótica. Por alguna razón, la imagen que contiene la palabra “gordo” es importante para ti, está relacionada contigo de algún modo y, por supuesto, habla de ti. Es como cuando le dices a alguien “estúpido”. Esa palabra que conoces tan bien y que utilizas, está en tu vocabulario seleccionado por ti por alguna o muchas razones. Recuerda que tus palabras te representan porque, no lo puedes evitar, eres lo que dices, eres lo que comes, eres la música que escuchas. Y que no te gusten las gordas, es muy lícito, faltaría más, pero que eres un inepto integral que no ve más allá de sus narices, también, ¡porque estamos todos gordos! sí, sí, tú también, y si salieras un poco y mirases a tu alrededorverías que la proporción áurea… no la encuentras ni en la mente del más artista.

Por tanto, por concluir y evitar derrames oculares innecesarios, cuando alguien te dice que estás gorda, como si te estuviera informando de algo que tú no sabes, es porque no tiene mucho más que decir, su intelecto no le da para más, ¿no te da pena? Hablar del físico de las personas es de muy mala educación y una clara muestra de que has ido a la escuela, pero poco. Si encima lo haces para insultar, dobla lo patético porque, como lo que dices habla de ti, si eso es todo lo que se te ocurre para ofender a la chica o al chico de al lado, ten cuidado, porque si es verdad que son gordos, igual les entra el hambre y te comen.