Categoría: Personas que importan

El secreto de Anchuelo

1000 maneras de morir
Por “1000 maneras de vivir” no he encontrado nada.

Me admira cómo se publican libros a troche y moche, cómo se descubren, cada día, mil y una formas de hacer unas lentejas, de ponerte un pañuelo, de curarte un resfriado, de ser feliz, de encontrar pareja o de morir. Google no debe dar a basto con tanto conocimiento por ahí suelto. Y la cuestión es que, al final, en cuestiones básicas, tengo la sensación de haber avanzado muy poco. Seguimos teniendo conversaciones vacías, gastando el tiempo en batallas perdidas, negociando sin éxito, confundiendo matices, dando y recibiendo malentendidos, insatisfechos, a veces amargados y, muchas, bastantes veces, desencantados con una vida con demasiados lunes y escasos sábados.

Ana Orantos
Dos amigas. Una noche cualquiera.

Hace unos días, salí a tomar un vino con mi amiga, Rebeca. “Un vino” le dije, asegurándome de pronunciar cada letra para no dar lugar a la confusión que, con eso de que yo soy extremeña y ella madrileña… nos liamos. “Sí, sí”, dijo ella cogiendo su teléfono y llamando a un restaurante muy cercano que tampoco era para que muriéramos de hambre por un principio cualquiera como el de recogerse pronto para madrugar al día siguiente por aquello de trabajar. El caso es que la mesa tardó en estar libre y tampoco íbamos a estar sin consumir, y que el vino era muy rico, pero no me preguntes cuál ni nada. Total que, estando ya en la cena, hablábamos de cosas banales porque, en las casi dos horas previas ya nos lo habíamos dicho todo. Incluso, me oí espetándole: “voy a contarte algo que nunca te he contad…” No me dejó ni terminar: “que sí, que sí, que ya me lo has contado”. Pues nada… miré alrededor, por si encontraba alguna fuente de inspiración. Dos mesas más allá, hacia la calle, cinco treintañeros hacían ruido, se reían y brindaban, hasta que uno de ellos gritó “¡si ese tío no quiere vivir es que está muerto!”.

secretoPienso lo mismo que tú. Esa mesa era mucho más interesante que la nuestra, por mucho que quiera a mi amiga. Así es que nos acercamos y nos unimos al grupo. Sería tremendo contar al detalle todo lo que escuchamos aquella noche… por lo que, seleccionaré solo una anécdota que me dejó pensando varios días. Este grupo de tíos -más conocidos como “Los chicos de Pavones”, ahora ya currantes y, con cierta nostalgia de la vida de estudiantes- nos relataron que, organizando una fiesta en el piso en el que convivían, decidieron que fuera distinta, una fiesta temática. Uno de ellos, al parecer, el ideólogo, buscando en Internet, encontró un jugador de balonmano de segunda división apellidado “Werner” y, sin más, decidieron hacer la fiesta en su honor; está incluía un pack de bienvenida consistente en una careta con la cara de Werner y una pelota de su deporte favorito, hecha de caramelo. En seguida, los invitados empezaron a preguntar por Werner. Al parecer, en menos de media hora, ya se habían encariñado con el sujeto, y todos querían saber cómo es que no había asistido a una fiesta en su honor. El vino también era muy rico. Así es que abrieron el portátil y descubrieron que, en unas horas, Werner, tenía un partido en una localidad cercana. Sin duda, era el destino, aunque ellos lo llamaron Werner’s day. Los cincuenta fiesteros, armados con sus caretas y una pancarta motivadora en la que se podía leer “Werner, eres el mejor” se dirigieron al estadio municipal en el que, aparte de su presencia, algunos familiares combatían el frío y la soledad aplaudiendo y hasta saltando, si la ocasión lo requería. Una vez posicionados en las primeras gradas y decididos, por consenso, a  darlo todo, comenzaron a gritar, animando, celebrando cada gol como jamás lo habían hecho, abrazándose y besándose con cada tanto; chillando, jaleando y dejándose la garganta hasta el punto en que, desde fuera, aquello parecía un auténtico concierto de rock. Werner, asustado, hizo, probablemente, el mejor partido de su vida, marcando tantos goles como sus manos le permitieron. Él, el entrenador y su propia madre, una vez concluido y ganado con creces el partido, fueron a conocer a los nuevos fans, a darles las gracias y, sobre todo, a preguntarles por qué. Perplejos, no podían entender que no hubiera ninguna razón más que el azar y las ganas.

Juan Ignacio Werner Rodil, en posible estado de shock
Juan Ignacio Werner Rodil, en posible estado de shock

Esto, contado por sus protagonistas, me causó dolor de estómago de las carcajadas. Imaginaba al pobre Werner fuera de sus casillas, como si le hubieran puesto LSD en el Aquarius, flipándolo todo el rato.

¿Has oído eso de el secreto de Anchuelo, que no lo sabía nadie y lo sabía todo el pueblo? Pues ellos me lo recordaron y me consta que puede aplicarse a todo, absolutamente a todo y que, seguramente, tú también lo sabes, el secreto de la buena vida es hacer, de aquello que consideres ordinario, algo extraordinario.

Yo creo en las miradas que son capaces de ver la maravilla donde otros no ven nada. Creo en este grupo de personas magníficas que nos hicieron pasar una magnífica noche y que, seguramente, le mejoraron la vida a Werner. Creo en la gente que llama por teléfono solo por el deleite de escuchar tu voz, en la gente que te muestra el mundo sin moverse de una habitación, en todos los que se esfuerzan cada día para tener la vida que desean y que nos contagian y nos meten en líos de los buenos. Creo en la autenticidad.

 

PD: la historia está contada como la recuerdo; probablemente no todos los datos son exactos pero, como dijeron los hermanos Coen cuando les preguntaron en qué hecho real se basaba Fargo: no siempre es necesaria una historia real para hacer una real historia o algo así 😊

 

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Expiación

Aberystwyth, desde Constitution Hill
Aberystwyth, desde Constitution Hill

Llevo dándole vueltas varias semanas a si compartir, o no, una experiencia muy personal. La decisión de hacerlo, probablemente, tenga que ver más con mi necesidad de expiación, que con lo que pueda servir a alguien. Disculpadme el egoísmo.

Yo no había vuelto a Aberystwyth desde que lo abandoné, hará quince años en junio. No regresé por decisión propia. Siempre he sentido cierta tristeza por las personas que se aferran al pasado. Además, allí había dejado una parte de mí que no deseaba que se enturbiara, una mujer de 28 años que llegó huyendo de sí misma y que se encontró, en un país totalmente ajeno, con una lengua extraña.

En Aber descubrí mi identidad. No creo que sea extraordinario el hecho de que tu identidad se refuerce en ámbitos que no son el tuyo, al final, si quieres existir, tu presencia es más notable en tanto que eres diferente al resto. En realidad, la historia es mucho más común de lo que la siento: fui a la Universidad de Gales a cursar las cuatro asignaturas que me quedaban para terminar mi licenciatura y para costearlo, además de la ayuda de mi madre, trabajé limpiando en un supermercado, todos los días, de 6 a 8 de la mañana. Este es el hecho. Las emociones que lo aderezan tienen que ver con la persona que me animó a marcharme y que cambiaría mi vida para siempre.

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Miss me (Aberystwyth harbour)

Como decía, no me gusta mucho hablar del pasado, aunque no reniego de él. Creo que todas las decisiones que tomamos nos traen al lugar en el que estamos ahora. Nunca pienso en el “y si…”. Algunos dicen que porque soy poco romántica, aunque yo creo que es porque, desde siempre, me he sentido mucho más atraída por lo que me queda por vivir que por lo ya vivido. Lo cierto es que, el mes pasado, cuando llegué a Aber y dejé a mi familia en el hotel y caminé con los pies que prensaron aquel paseo marítimo en dirección al puerto, cientos de veces, lloré. No fue un llanto cualquiera. Lloré mucho, muy fuerte: lloré por todo lo que dejé allí, por los sueños que fragüé, lloré por haber perdido la juventud, por aquel esplendor que Wordsworth describió de forma tan magnífica y que se convirtió en el leitmotiv de una película que adoro:

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Esplendor en la hierba (E. Kazan, 1961)

Aunque el resplandor que,
en otro tiempo, fue tan brillante,
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Lloré por no haber sabido apreciar aquel instante, por no haber sabido valorar, como merecía, a aquella persona que me dio tanto. Lloré por todo lo que dejé allí, por mi falta de coraje, por mi vulgaridad, por mi incredulidad. Lloré porque nunca, de ninguna manera, podré volver a vivir aquella maravillosa y definitiva experiencia… Después, regresé al hotel y recobré el sentido de todo lo que soy hoy; y me tranquilicé.

Al día siguiente, llegó mi amiga, Severine, con quien había convivido en aquella estancia. Juntas revisamos los lugares, las gentes, cada esquina, cada anécdota, las sonrisas cómplices, los divertidos malentendidos debido al idioma, cómo nos sentíamos, lo poco que sabíamos, lo pequeño que ahora nos parecía todo… Entonces le hablé de él. Se lo conté todo, incluso el final, y cómo algo se rompió a nuestro regreso a España. Perder el mágico marco de una relación como aquella, tener que volver a vivir en mi antiguo piso, quedar con mis amigos que ahora parecían unos auténticos desconocidos, hablar de las mismas cosas, volver a ser víctima de una minúscula sociedad que me presionaba cada día… no sé… no supe adaptarme. Yo ya era otra. La aprendiz que pedía más al maestro. La persona que quería más de lo que tuvo en Aber.

No supe hacerlo. Volví a huir, decidí cortar, por lo sano, reconstruirme con todo aquel aprendizaje, hacer todo aquello que me enseñó, amar más la vida, viajar, disfrutar de la comida con placer, leer a los repudiados, ver más cine no comercial, amar las obras de arte, sentir la música, convertir mi mirada en un objetivo, beber para deleitarme pero también para abstraerme, arrimarme a gente que piensa de manera diferente, que siente de manera diferente… amar… amar… a mar… Todo lo que me enseñó, se convirtió en mi religión.

A veces, pienso en aquel de quién tanto aprendí, aquel que, con el amor más íntimo y auténtico que pueda haber conocido, me dio la libertad. Por eso, quizás, desde aquella difícil ruptura, suelo escribirle, de vez en cuando, pidiéndole perdón, tratando de justificar lo injustificable. Nunca he recibido respuesta. Pero, hasta ahora, siempre creí que era mi deber seguir insistiendo, que debía ser mi penitencia. Después de aquel paseo con mi amiga Sev, me espetó: déjale en paz; con cada palabra tuya le obligas a regresar a este pueblo, a ese tiempo. Déjale en paz. No insistas. Si alguna vez quiere hablar contigo, te buscará. Haz un acto de amor, no vuelvas a escribirle. Si te conoce, lo entiende. Sigue adelante.

Y aquí sigo. He regresado. Continúo mirando adelante, dejando atrás la belleza de un futuro repleto de sueños, de todo lo que no podrá ser jamás, tratando de aceptar que sea así, sin resignación, con valentía, zafándome de lo que debo ser y orgullosa de lo que consigo ser cada día y, con miedo, con mucho miedo, a tener solo una vida y tantas ganas de vivirla…

El hambre emocional y otras realidades subterfugias

Ignatius FarrayHace un par de meses escuché en Loco Mundo (creo que es uno de los escasos programas que veo en televisión y sí, es en un canal de pago; ¿acaso hay alguno que no lo sea?) a Ignatius Farray disertando sobre el giro de la derecha de una manera tan breve (menos de un minuto) y lúcida que me fascinó. Básicamente, esto era lo que decía en su exposición, explicando por qué todos los partidos, incluso los de extrema izquierda, habían comenzado a ser de derechas:

  • Todos los partidos temen perder los votos que tienen y tratan de aferrarse a ellos a cualquier precio. Eso es política conservadora, política de derechas.
  • Ningún partido dice en realidad lo que piensa porque tiene miedo a caerle mal a alguien y perder votos. Si tienes miedo a decir lo que piensas porque eso te puede perjudicar, eso es mentalidad de derechas.
  • Por tanto, si especulas con lo que dices, tratando de rentabilizarlo en votos, eso es, absolutamente, de derechas.

A la derecha de este país, o de cualquier otro, no se le puede acusar de aparentar lo que no es, al resto de ideologías políticas, sí. Creo que es una buena base para empezar a reflexionar sobre quién miente y por qué todos lo hacemos. Que está claro que a muchos nos gustaría ser de izquierdas porque creemos sinceramente en la igualdad de derechos, bien, que si tenemos que dar ejemplo, mal. Tan cierto como que el 56,5% de este país está casadoel 30% es infiel.

"La pedagogía ha dejado a la enseñanza en los huesos" (tracatrá). (Ricardo Moreno)
“La pedagogía ha dejado a la enseñanza en los huesos” (tracatrá). (Ricardo Moreno)

Siguiendo con la televisión, que para no verla siempre da mucho juego, una compañera me envió, el otro día, vía whatsapp, un corte de un programa llamado Chester in love, en el que se ofrecía un pequeño debate entre la ínclita Eva Hache y un catedrático de Matemáticas retirado, llamado Ricardo Moreno, sobre la educación. A su lección la llamó “Yo creo en el esfuerzo” y defendía lo siguiente:

  • Nuestro sistema educativo se basa en el engaño porque nunca habla ni del esfuerzo, ni del trabajo, ni del conocimiento. Lo envuelven de destrezas, espíritu crítico y creatividad. El espíritu crítico sin conocimiento es charlatanería. Un fanático es un ignorante lleno de espíritu crítico.
  • Al conocimiento se llega con el esfuerzo y el ejercicio de la memoria.
  • Si a los niños les dices que lo importante es estar contento y motivado, ellos se lo creen y les estás engañando. Cuando vas a tu casa y te encuentras la comida hecha, ¿te la hacen todos los días o solo cuando están motivados? Todos tenemos obligaciones que se deben hacer, motivados o no, y negar eso, es engañar.
  • ¿Cómo sabes si te gusta si no lo conoces? Solo cuando aprendes es cuando puedes darte cuenta de si te gusta o no.
  • Ser estricto significa no pasar por alto lo que no se hace bien, no significa infligir sufrimiento.
  • Hay dos normas. Norma 1: El profesor siempre tiene razón. Norma 2: si el profesor no tiene razón, se aplica la norma 1.
  • No siempre se puede aplicar el método socrático, no tenemos tiempo para esperar a que el niño descubra lo que la humanidad tardó siglos.

Leído así podríamos decir que es un argumento conservador, pero, ¿quién no está de acuerdo? En el vídeo se puede apreciar la cara de satisfacción del presentador y la debatiente, cara de “cuánta razón tiene”. Eso no quiere decir que mañana no vayan a discutir con el maestro o maestra de sus respectivos hijos porque no les guste una decisión que haya tomado.

Las contradicciones nos hacen humanos pero no justifican nuestra mediocridad.

Qué ganas de decirle esto a más de uno...
Qué ganas de decirle esto a más de uno…

Últimamente he oído hablar mucho del hambre emocional (¿hay algo que no lo sea?). Mi abuelo lo llamaba “comer por aburrimiento” y se enfadaba porque no entendía cómo podíamos hablar de hambre, si nunca lo habíamos sentido, aún peor, cómo podíamos aburrirnos. Este apellido “emocional”, casi esculpido por Goleman, está siendo repetido hasta la saciedad y utilizado hasta el hastío para justificarlo todo (tanto que hasta Mr. Puterful está dejando en bragas a Mr. Wonderful y Paulo Coelho está pensando en extraditarse a Mordor): No me gusta cómo me trata mi jefe, no voy a trabajar. No me gustan las matemáticas, no las estudio. Se me da mal la gimnasia, pido al médico que me haga exenta. No me gustan las lentejas, me como una pizza. No me cabe el vestido que me chifla, me pongo a llorar, y a comer. No me gusta mi marido, me busco un amante. No me gusta el partido que gobierna, no voto. No me gusta que mi vecino maltrate a su mujer, me mudo…

Nuestro nivel de neurosis es tal que no hay que ser muy listo para predecir que esto va a petar… y sí, sé lo que estás pensando pero no, mientras me siga cuestionando este mundo en el que vivo, todavía tengo alguna posibilidad… ¿y tú? ¿cómo lo llevas?