Categoría: Personas que importan

Mala Madre

Después de más de quince años trabajando con madres bien en AMPAS, bien en Escuelas de Padres y Madres, bien particularmente, el año pasado me convertí en una de ellas (entré en ese club secreto en el que no se suele ser sincera…). Siempre creí que, si lo conseguía, no trabajaría más con ellas, por aquello de ya no poder ser objetiva, quizás ni siquiera positiva. Y si bien es verdad que al principio (como me decía un amigo el otro día) esto de la maternidad parece un fraude porque no se parece nada a lo que te han contado ni a lo que has visto en la tele, después de 20 meses intensivos creo que ya estoy preparada para volver a trabajar sin haber perdido un ápice de esperanza o ilusión, por el contrario.

Antes de empezar os voy a transmitir algo que he aprendido en estos años: las mujeres que tienen terror a ser malas madres no lo son. Y supongo que esas sois las que estáis leyendo este blog (las otras no me leen, seguro). Aunque por otra parte debo decir que hablar de la maternidad como si fuera lo mismo para todas me parece algo ingenuo desde el momento en que las motivaciones para ser madre son bien distintas: quiero ser madre porque me encantan los niños, quiero ser madre porque mi madre ha sido para mí la persona de referencia en mi vida, quiero ser madre para sentirme realizada, quiero ser madre para satisfacer a mi pareja (esto raras veces se dice, pero se hace), quiero ser madre para jugar a las muñecas (esto tampoco se dice), quiero ser madre porque tengo una casa muy grande (esto sí lo he oído)… podríamos seguir hasta el infinito. Entenderéis que una vez que lo consiguen no son el mismo tipo de madres.

Además está el rollo de la sociedad, de la que es difícil escapar y la sociedad tiene mucho que decir en este tema: que si a los treinta y tantos  tu reloj biológico va a estallar, que si deberías tener una carrera profesional para darles lo que necesiten, que lo ideal es que seas hetero, te cases (bodorrio en el pueblo incluido) con un buen partido y tengáis al menos dos niños, por aquello de mantener la especie, que si tienes un nivel económico alto (que no muy alto) deberías tener más de dos, que si tienes un varón deberías tener una hembra, y si tienes dos hembras deberías volverlo a intentar porque no hay nada como tener un varón…

Y por si fuera poco amigable la perra sociedad después estamos nosotras (no hay peor enemiga para la mujer que la propia mujer) que criticamos y miramos con estupor a aquellas madres que no aprovechan la baja maternal (la más baja de Europa), a aquellas que no dan el pecho (¡qué locura!), a aquellas que llevan una vida social nocturna o diurna o las dos, a aquellas que envían a sus hijos a pasar las vacaciones con los abuelos, a aquellas que los envían a un internado, a aquellas que prefieren comprarse unos zapatos antes que llevarlos al teatro…

No es de extrañar que, en todos estos años, lo que más me ha llegado es “me siento mala madre”.

Me gustaría arrojar un poco de luz sobre este asunto porque es de una importancia tremenda en el sentido de que aquello que sentimos es aquello que más ferozmente transmitimos a nuestros hijos y vamos camino de una generación bastante neurótica que aprecia más a su móvil que a las propias personas.

Reitero mi sentimiento de admiración (post en facebook del 21 de septiembre) por la valentía y la honestidad de las mujeres que deciden no ser madres. Con tanta presión social lo único que conseguimos son madres que no quieren serlo. Ellas son fundamentales en esta maltrecha sociedad.

Para continuar os diré que la mejor motivación para ser madre es tener vocación de serlo y eso incluye perder tu libertad a favor de otro ser que te va a necesitar el resto de su vida, perder tu esbelta figura, perder el descanso y el sosiego, perder hasta tu identidad, tu vida marital… aunque también incluye un montón de cosas buenas:  revivir la infancia, aprender a relativizar, a divertirte, a soñar, a amar sin esperar retorno… vamos, las cosas importantes de la vida.

Una vez que lo has sido y la experiencia no ha resultado como pensabas, tener otro hijo no lo soluciona. Hazme caso, tengo amigas fantásticas que se han criado sin hermanos.

Si estás pensando en cómo encajarlos este fin de semana después de que no paras de trabajar los días de diario es que hay algo que debes mejorar. Te aviso: los niños crecen muy deprisa y te lo vas a perder. Llevar el mismo tipo de vida que llevabas antes de ser madre es no querer aceptar la realidad ni la responsabilidad. Ahora puedes llevar otra vida, incluso mejor: beber menos, dejar de fumar, acostarte pronto, dormir siestas, pasear por el campo, jugar con la arena… vamos, las cosas importantes de la vida.

No conozco a ninguna madre que no quiera a sus hijos aunque es cierto que el AMOR tampoco creo que sea algo universal sino que cada una ama como le han enseñado o como entiende, así es que desde ya te digo que eso de la calidad mejor que la cantidad no le vale a los niños, tampoco me vale a mí (para tener calidad hace falta cantidad). Los niños necesitan tiempo, abrazos, besos, cuentos, juegos… y los mejores del mundo son los que provienen de una madre y de un padre, sean quienes sean y como sean.

Ser madre es lo mejor que te puede pasar es sólo una frase hecha. Lo mejor que te puede pasar es hacer que tu vida merezca la pena ser vivida, si dentro de eso cabe la maternidad, estupendo (gracias a mi amiga Charo Juárez que me lo enseñó. DEP).

Y si ya he llegado tarde y ya eres madre y estás agobiada porque no sabes por donde empezar te diré que sólo tú conoces a tu hijo, que sólo tú puedes hacerlo: escúchale, obsérvale, sé su refugio y su referente y ámalo tanto y tan bien como puedas. Para los tropiezos, malos tragos y piedras-peñones que te encontrarás en el camino, consulta a un profesional, que eres madre, no eres dios.

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Días verdes, lazos rosas

Mi padre y yo. Madrid, 1974
Mi padre y yo. Madrid, 1974

Aviso: hoy estoy hipermotivada. Ya, ya sé que pensáis que no tengo ningún mérito dedicándome a entrenar a gente para ello, pero no creáis, hay días que la vida se me hace cuesta arriba. Llevo muy mal el sufrimiento ajeno y peor no poder hacer nada para aliviarlo y en estos tiempos… eso es cada día. Pero resulta que anoche, paseando por Facebook, me encontré con que una persona a la que admiro declaraba su gratitud a su familia, amigos y sobre todo a su marido que había compartido con ella 9 meses muy intensos en los que parecía que mi vida y todo lo que tenía a mi alrededor, se derrumbaba… y me estremecí.  Primero me entró una angustia terrible al saber que una persona tan bonita había pasado por un terrible trance y luego me dio un subidón tremendo al ver que lo había superado y lo había celebrado.

Así es que gracias a ella e inspirada por mi amiga María Ortuño que también ha decidido poner en práctica la Técnica de la Gratitud Aplicada (agradecer públicamente cada día a alguien algo) que es un ejercicio muy recomendable para todos por su sencillez, economía y los múltiples beneficios que produce, hoy he decidido disfrutar de la vida y compartir este lunes maravilloso con la gente a la que quiero y recuerdo con cariño.

Cuando tenía unos 21 años solía presumir de mi capacidad de supervivencia y de autonomía: trabajaba, estudiaba, llevaba mi casa… De un momento de mi vida en el que había caído en picado había sabido resurgir como el ave fénix y me había creado una especie de falso muro -del que aún queda algún que otro ladrillo- de seguridad. Gustaba de decir aquello de: no necesito a nadie, no confío en nadie. Qué tremenda era… una salvaje que no entendía nada… Casi 20 años después os puedo decir con un orgullo nada pretencioso que yo no soy nadie sin la gente que se ha cruzado en mi camino. Desde personas que, de forma puntual me han dicho algo que no parecía ser muy importante y que he guardado como un aprendizaje de vida (como mi amiga María José Prado: cuando teníamos unos 15 años, me enseñó a secarme la cara; recuerdo cómo se sorprendió cuando 10 años después me pilló un día secándomela tal y como ella me había enseñado) hasta personas que con su vida me han dado ejemplo y coraje para salir adelante.

Todos tenemos un don. Yo tengo el don esponja: no sólo soy capaz de ver con una claridad sorprendente el potencial de cada persona, sino que tengo una capacidad magnífica para copiarlo y aprehenderlo. Así es que, teniendo en cuenta que hay miles de personas que me han aportado algo valioso no puedo por menos que sentirme muy afortunada.

Conozco a gente ultramaravillosa con la que apenas he cruzado unas palabras o he pasado unas horas, o unos minutos o unos años que me han regalado mucho más de lo que hubiera podido esperar. Como ya he contado muchas veces, la experiencia (gracias a mi amiga Mar Llera a la que admiro y adoro profundamente) de ir a Bosnia tras la guerra me cambió la vida o al menos me enseñó a relativizar, tanto que durante mucho tiempo cualquier queja procedente de un ser humano, si no era una cuestión de salud física, me parecía una chorrada. Después tuve que aprender a empatizar y a ver que para cada uno lo que le sucede puede ser la peor de las guerras y que del tratamiento de ese conflicto depende su salud y su bienestar. A mí se me da bien solucionar conflictos, tengo un buen entrenamiento, pero cada vez que trabajo con un enfermo de cáncer mi trabajo cobra otra dimensión. Todas las personas con las que he colaborado en esa situación han sido verdaderas heroínas para mí que me han regalado la oportunidad de compartir su dolor pero también su esperanza. Gracias a ellas me siento con fuerza suficiente para afrontar lo que sea, porque son mi ejemplo, mi inspiración y porque se lo debo.

Hoy quiero dedicar este post a mi padre que ha superado un cáncer que hace 1 año decían ser terminal… Mi padre es invencible, ergo yo también lo soy 🙂 Felicidades papá.

El positivismo y Pérez Reverte

Recuerdo tener 6 ó 7 años. Mi abuelo vivía con nosotros en las temporadas de invierno pues el clima extremeño era más cálido que el de Madrid o el de Galicia. Cuando se acercaban las 3 de la tarde, no había día que mi abuelo no dijera: ¡pon el parte! y yo obediente encendía aquella caja que sólo lograba emocionarme cuando daba alguna película. ¿Pero cómo le puede gustar esto a mi abuelo?, me preguntaba.  Lo cierto es que yo le admiraba mucho y había una parte de mí que se enfadaba porque en realidad lo que de verdad me daba una rabia tremenda era no poder entender ni una sola palabra de lo que allí decían (creo que ésta fue la razón por la que me decidí a estudiar Periodismo, a ver si así…).

Tardé muchos años en comprender un telediario completo, bastantes, vamos, que ya estaba en la universidad, y aún así, en la sección internacional me perdía muchísimo porque a penas sabía situar Europa en el mapa (creo que ésta fue la razón por la que me decidí a gastar todo mi dinero en viajar).

reverte-evoleNo sé si ayer visteis la entrevista que en el programa Salvados de La Sexta le hizo Jordi Évole a Arturo Pérez Reverte. Me gustó tanto por el contenido como por el continente: fue una batalla amable entre un positivista y otro que hace años dejó de serlo. El segundo, con un falso asombro le preguntaba al primero: ¿pero de verdad te crees eso, Jordi, crees que la clase económica y la clase política no son lo mismo? Hubo un contagio tremendo allí, porque Jordi le contaba el caso del colegio que ayudaba a las familias a sobrevivir como muestra de que hay esperanza y a Arturo se le encendían los ojinos esos tan chiquininos que tiene asintiendo sin remedio, y cuando Arturo le decía a Jordi: ¿sabes que es lo peor? Que la mayoría de la gente está deseando salir de la crisis para volver a hacer exactamente lo mismo… Uf, entonces se le apagaba la luz a Jordi, sin poder rebatirle ningún argumento. Pero hubo algo en que los dos estuvieron totalmente de acuerdo: EL CIUDADANO EDUCADO TIENE MECANISMOS DE DEFENSA PARA CAMBIAR EL MUNDO.

Sé que siempre podemos sacar algo bueno de lo peor: en estos tiempos de absurdo estamos echando mano de nuestros oxidados principios, empezamos a cuidar nuestra economía (el que todavía la tenga) y los valores familiares están al alza y sé que hay personas tan indignadas o más que yo y es que cada vez que pongo la televisión o me conecto a twitter tengo la sensación de envejecer 10 años y me siento tan vulnerable y tan impotente y me hiere tanto lo que está sucediendo que no sé cómo no voy al Congreso y le doy una paliza a alguien… (debe ser la maldita educación): La SALUD y la EDUCACIÓN de mano en mano como prostitutas de calle… madre mía… algo que debería ser una cuestión de Estado, algo con lo que no se debería negociar, nuestra verdadera y orgullosa marca España… ¿pero es que los políticos de primera fila van perdiendo la dignidad según ascienden? (pregunta retórica)

No soy de las que se quejan gratuitamente, asumo mi responsabilidad y creo de verdad que la gente pequeña en lugares pequeños hacen cosas pequeñas que transforman el mundo. Creo, como decía aquella maestra, que cada uno tiene que responsabilizarse de lo que le toca. Para tener una buena educación se necesitan docentes muy preparados (las Facultades de Educación tienen que esforzarse más, trabajar más, actualizarse; los centros educativos deben ser los órganos vitales de cada ciudad)  y familias muy interesadas en ello (conciliar trabajo y familia, aliarse con el profesorado, arrimar el hombro  y explicarle a sus hijos qué demonios cuentan los telediarios, y poner la radio -a ser posible Carne Cruda Radio– y que sus hijos les vean leer la prensa -a ser posible eldiario.es que últimamente ha sido bombardeado digitalmente- y también, por qué no, que lean cualquier medio manipulado y manipulador, para que aprendan a ser críticos, a discernir, a saber distinguir…) y antes de exponer a nuestros hijos al mundo actual ofrecerles conocimiento: Historia, Matemáticas, Geografía, Física, Inglés, Filosofía, Química, Literatura…

Estoy convencida de que nada de esto les hará más felices pero será una magnífica herramienta para encontrar la LIBERTAD.