Mouiin Rouge (Baz Luhrmann, 2001)
Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001)

Aquella noche navegaba por mares y mares de información, buscando algo que aplacara su vacío. La rutina había consumido una vida reducida a trabajar, comer y dormir. La soledad era su mejor confidente y, aunque estaba bien así, sentía que el tiempo se le iba, que hacía mucho, pero sentía poco. Decidió bajar al videoclub y alquilar un musical, algo que le proporcionara algo de placer. La película estaba hecha a la medida de sus ojos y sus oídos, era como un videoclip, no podía apartar las pupilas de la pantalla cuando,  de repente, el actor besó a la actriz.

No era un beso cualquiera, enlatado y tantas veces visto en las películas, parecía auténtico. Un beso de bocas, manos y miradas. Un beso intenso, con contenido, un beso repleto de necesidad, de vida. Rebobinó y lo vio de nuevo, y otras seis veces más. Se preguntó si aquellos actores serían expertos en besos. Buscó en la red con desesperación y encontró que él tenía una técnica bastante desarrollada que había ido mejorando con los años. Incluso investigó cómo conseguir su dirección e ir a verle. ¡No podía morirse sin ese beso! Pero lo cierto es que solo aquel último beso, más que el protagonista, merecía cualquier locura. Era ese beso, solo ese beso, el que había despertado al millón de mariposas que llevaba dentro. Esa noche no pudo dormir. Sintió aquel beso despertándola del letargo, recorriéndole la espalda, la nuca, las sienes, el alma.

Al día siguiente se levantó con un objetivo: encontrar al productor de un beso como aquel. No era tarea fácil. Salió a la calle examinando bocas, manos, miradas, formas de caminar, de ser, de estar… La búsqueda fue una experiencia maravillosa que le dio la oportunidad de conocer infinidad de dueños y dueñas de voces envolventes, perfectas compañeras de viajes interiores y exteriores.

El diario de Noah (N. Cassavetes, 2004) Lo que pensamos determina lo que nos pasa, por eso si queremos cambiar nuestras vidas debemos ampliar nuestra mente. – Wayne Dyer
El diario de Noah (N. Cassavetes, 2004)
Lo que pensamos determina lo que nos pasa, por eso si queremos cambiar nuestras vidas debemos ampliar nuestra mente (Wayne Dyer).

Cuando le encontró, él hablaba por teléfono, de pie, en un lateral de la recepción de un precioso hotel que ya no existe. Ella se acercó y le olió. No usaba perfume. Olía a un millón de vidas esperando su beso. Él la miraba con timidez y deseo, como si supiera que había llegado el momento. Ella esperó los nueve minutos y medio que duró la conversación. Después, despacio, se acercó a él y le besó. El tiempo se paró. A lo lejos apenas se escuchaba la lluvia. Un beso de once segundos. Un beso inmenso, perfecto, con el tiempo suficiente para apreciarlo, para saciarse, para cumplir su sueño. Un beso como no habría otro igual en el tiempo. Un beso idéntico a aquel beso observado en pantalla una noche, hacía nueve años. Un beso extraído del capítulo siete de Rayuela. Un beso sin preguntas, un beso de inmersión en el que, por un momento, él fue ella y ella fue él, sin distinción.

Ninguno de los dos puede confirmar si aquello sucedió de verdad. Ninguno de los dos ha podido olvidar ese beso.

Incluso, cuando estaba en el orfanato, cuando estaba vagando por las calles tratando de encontrar algo para comer, pensaba en mí mismo como el mejor actor del mundo. Tenía que sentir la euforia que viene de la confianza absoluta en ti mismo. Sin ella, aparece la derrota (C. Chaplin).
Incluso, cuando estaba en el orfanato, cuando estaba vagando por las calles tratando de encontrar algo para comer, pensaba en mí mismo como el mejor actor del mundo. Tenía que sentir la euforia que viene de la confianza absoluta en ti mismo. Sin ella, aparece la derrota (C. Chaplin).

La semántica cognitiva ha demostrado que la realidad es sólo un argumento. Un beso imaginado puede ser más desgarrador que un beso en la realidad.

Por eso, si yo pongo un beso entre estas palabras, si hablo de su sensualidad, su humedad, su cadencia; si escribo sobre un beso construido a lo largo de muchas noches de vigilia, repleto de deseo, de necesidad, de sueños, de esperanzas, un beso con sabor a quierovivirenti. Si hablo de ese beso como de su complejidad y de la importancia de ese único beso sólo entendido diametralmente opuesto a tu boca, incluso si te cuento que sé cómo me sentiría al recibirlo, cómo se me dulcificaría la saliva, cómo me temblarían las manos, se me erguirían los senos, se me estremecería el sexo… ese beso, ese preciado beso ya es tuyo, y más auténtico que el propio beso.

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